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La semana pasada se publicó la primera revisión a las cifras del PIB en Estados Unidos (EU) para el segundo trimestre del 2015, revelando una aceleración importante y mayor a la esperada en el crecimiento.

La revisión arrojó un crecimiento anualizado y ajustado por estacionalidad de 3.7% con respecto al primer trimestre del 2015, cifra considerablemente superior a 2.3% reportado inicialmente. Si bien alguien pudiera argumentar que las cifras de crecimiento con respecto al primer trimestre de este año se beneficiaron de una base de comparación muy fácil, la comparación contra el mismo trimestre del año pasado —es decir, el segundo trimestre del 2014— arrojó un crecimiento robusto de 2.7 por ciento.

Los factores que tuvieron una mayor contribución positiva fueron el consumo personal, que creció 3.1% —principalmente impulsado por la compra de bienes duraderos—, y un sólido crecimiento de 5.2% en la inversión fija bruta. Adicionalmente, las exportaciones netas tuvieron una sorpresiva contribución pequeña pero positiva, lo cual contrasta con la contracción observada durante los últimos trimestres. Este último dato fue bastante sorpresivo, dado el contexto global de desaceleración y la fuerte apreciación del dólar.

Con estas cifras, queda claro que la contracción del primer trimestre de este año se debió mayoritariamente, como lo había anticipado la Fed, a factores transitorios como el mal clima y el cierre temporal de varios puertos en la costa del Pacífico. Asimismo, no sería osado pensar que el consumo podría seguir en su senda de recuperación conforme las cifras de creación de empleo mensuales mantengan el ritmo positivo de los últimos seis meses.

La fuerte y consistente creación de empleo en combinación con la baja en los precios de la gasolina y algunos alimentos y un incipiente repunte en los salarios reales ha contribuido a que los índices de confianza del consumidor sigan mejorando. Asimismo, la inversión en el sector residencial parece haber entrado en un ritmo difícil de descarrilar: el ritmo de ventas, tanto de viviendas nuevas como usadas ha venido recuperándose, los niveles de inventario de vivienda disponible han disminuido y los índices de confianza de los desarrolladores de vivienda están en su nivel máximo desde antes de la crisis.

Aunque la fortaleza del dólar y la desaceleración global deberían tener un impacto negativo en el ritmo de crecimiento del PIB en los próximos trimestres, la fortaleza de la economía doméstica y la visión de la Fed de que los bajísimos niveles de inflación se deben a factores transitorios fortalecen el caso para que ésta comience a normalizar las tasas de interés en septiembre y no esperar hasta diciembre.

Hasta antes del fuerte incremento en la volatilidad observado en las últimas dos semanas, el escenario base descontado por el mercado era un primer movimiento por parte de la Fed en septiembre. Sin embargo, la amenaza de una desaceleración más profunda en el crecimiento económico a nivel global —principalmente en China y los mercados emergentes— ha hecho que el mercado comience a asignar una mayor probabilidad a un primer movimiento de la Fed hasta diciembre.

Aunque este último escenario se ha vuelto más probable, la revisión al alza de las cifras del PIB ha dejado la mesa puesta para que la Fed actúe en septiembre a menos de que haya una sorpresa muy negativa en las cifras de empleo de agosto o un nuevo repunte considerable en los índices de volatilidad a nivel global.