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La violencia que azota al país nos es a la vez familiar y desconocida. No nos falta información sobre ella, nos falta compresión. De hecho, la abundancia de noticias violentas dificulta su entendimiento.

Estamos en la situación de saber todo lo que pasa sin entender gran cosa de lo que sucede.

Los medios consignan día con día la violencia, en una rutina ciega que enuncia sin explicar, y que termina mezclándolo todo, haciendo más difícil entender de dónde viene cada cosa.

La repetición mecánica de atrocidades, lejos de informarnos, nos aturde y en muchos sentidos nos anestesia.

De modo que terminamos teniendo ante la violencia una ceguera doble: no podemos explicar sus causas y acabamos cerrando los ojos ante su realidad.

No aguzamos, sino reducimos nuestra inteligencia y adormecemos nuestra sensibilidad.

Son realidades que se muerden la cola: no poder explicar bien el fenómeno de la violencia induce a la anestesia frente a él. La anestesia, a su vez, reduce la urgencia de explicar. La falta de explicación reduce nuestra comprensión de las causas y ésta obstruye la búsqueda de soluciones.

El silencio normal del gobierno alcanza en este asunto proporciones de cementerio, salvo en el aspecto fundamental, hay que decirlo, de las agencias de donde fluye información abundante de cifras y registros, en particular el Inegi y el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Pero ahí también tenemos una abrumadora cantidad de datos, sin una narrativa ni una explicación.

De la narrativa y la explicación se ha encargado estos años, como dije ayer, un admirable grupo de académicos, expertos, ex funcionarios y periodistas.

Mi impresión en estos días es que tenemos que volver a empezar la tarea de explicar. Las causas fundamentales de la violencia que este grupo desentrañó, siguen ahí, pero agravadas, a veces encubiertas, en muchos casos superadas por nuevos procesos.

A eso apuntan hechos como la aparición del negocio de la ordeña de ductos de Pemex, el famoso huachicol; la crisis múltiple de droga y violencia intracomunitaria de Guerrero o la aterradora captura de sociedades completas para la extorsión y el despojo, como la que hubo en Nayarit bajo el fiscal Édgar Veytia, durante el anterior gobierno de la entidad.

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