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Las reformas de la vía “neoliberal”, adoptadas en México en las últimas décadas, constituyen ya una especie de nuevo orden, y un nuevo desorden, en todos los ámbitos de la vida nacional, empezando por los cambios en la Constitución.

Echar para atrás esos cambios y enfrentar los nuevos desarreglos (inseguridad, corrupción, mal gobierno), con el proyecto de un regreso a los años del “desarrollo estabilizador”, como plantea AMLO, se antoja una promesa de salto al pasado, más que una solución de futuro.

Lo mismo podría decirse, sin embargo, del brexit inglés, que sacó a Gran Bretaña de la Unión Europea, y de la elección de Donald Trump, que amenaza cada día los contrapesos de la democracia estadunidense y la confianza global en el liderato de Washington.

Un salto parecido estamos a punto de dar en México con un voto de hartazgo a favor de un cambio que suene nuevo aunque sus fórmulas sean viejas y propongan un salto atrás.

No soy yo quien dice que López Obrador quiere volver atrás. Lo dice él mismo todos los días y en su libro 2018. La salida. Decadencia y renacimiento de México (Planeta, 2017).

Ahí establece como centro de su proyecto poner fin a las “políticas neoliberales” y volver a la época anterior a 1982, año en que él cifra el inicio de “la política del pillaje” (p. 14).

López Obrador quiere desmontar lo hecho desde aquel año. Cree que el TLC no ha traído grandes cosas. Que la democracia no es confiable, aunque esté a punto de darle el triunfo en su tercer intento por ganar la Presidencia.

Su proyecto incluye acabar con la reforma energética, que tiene rango constitucional, cancelar la reforma educativa, también inscrita en la Constitución, congelar y regular precios, alcanzar la “soberanía alimentaria” y en general volver al “Estado rector” de 1982, aquel Estado que gobernaba la política, la sociedad, la economía y que ahora, en la propuesta de López Obrador, intentará también gobernar la moral, mediante la redacción, por un grupo de sabios y ministros religiosos, de  una “constitución moral”.

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