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La emboscada que le puso Donald Trump al presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, no tuvo nada que ver con que no se presentara de traje y corbata a su entrevista con el Presidente de Estados Unidos.

Fue la reacción del republicano ante la negativa del ucraniano de no querer firmar la cesión de derechos mineros a Estados Unidos sin las garantías necesarias de que lo apoyarían en materia de defensa.

Trump quiere ganarlo todo, sin garantizar nada a cambio, cree que su palabra es suficiente, aunque claramente después aumente sus demandas.

Viene a cuento porque es la misma fórmula que le aplica a México. Con su amenaza de aranceles por cuestiones migratorias y de narcotráfico no parece estar conforme con nada, mientras más obtiene, más exige.

Ante problemas tan complejos, la realidad es que el gobierno mexicano ha mostrado más que buena voluntad y resultados que, claro, son insuficientes después de un sexenio en el que se abrazaba a los delincuentes con tanto cariño.

Llegar a este punto de sufrir cada hora, cada minuto, para ver si se aplicaban esos aranceles es muy desgastante para todos, empezando por la estabilidad de la economía mexicana.

Pero desde esa posición de poder, Trump quiere más y mezcla sus amenazas de aranceles por temas comerciales, con las advertencias de impuestos de importación por temas de seguridad fronteriza.

El Presidente de Estados Unidos quiere acorralar a México y a Canadá tal como lo hizo con Zelensky; quiere obtener lo que a sus intereses conviene sin una garantía de ponerle fin al mal trato y entender quiénes son sus socios y aliados. Además, está claro que quisiera hacerlo con un buen espectáculo para la televisión.

El verdadero trasfondo de una relación comercial estable, que necesita Estados Unidos y que permita sacar a México de la terapia intensiva de no saber en qué momento le aplican aranceles, empieza por que este país acepte algo: los tres países tienen que tratar igual a China.

México necesita restringir las importaciones de ese país tal como lo hacen sus dos socios comerciales de América del Norte, por la necesidad de privilegiar la región.

Pero para ello, México no puede sentirse todo el tiempo amenazado de que su relación con Estados Unidos es inestable y que en cualquier momento se rompe.

Es verdad que México, dentro de su larga y estable relación con Norteamérica, encendió una velita con los chinos y que ese tercero en discordia ha sabido aprovechar la entrada al mercado del norte.

China le compra dos cacahuates a México y aquí tenemos muchos productos importados de ese mercado que, ciertamente, dan acceso a los consumidores a productos que por su precio no podrían comprar de otros mercados, pero también cuelan sus bienes intermedios en las cadenas productivas de América del Norte.

Está bien ponerle fin a esa fiesta en el nombre de conservar la relación norteamericana, pero tiene que ser con las garantías de que se respeten los nuevos acuerdos y se cancele la amenaza constante del castigo arancelario.