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El tiempo se ha llevado el diseño fundador de la democracia mexicana.

El sistema de partidos ha cambiado radicalmente. Donde antes había un partido mayoritario llamado PRI, emerge hoy un nuevo partido mayoritario llamado Morena.

Donde antes había un referente de partidos de “derecha” (el PAN), y “de izquierda” (el PRD o Movimiento Ciudadano), aparece hoy un proyecto de coalición de partidos de centro izquierda: el Frente.

Donde antes había un archipiélago de partidos pequeños que no podían vivir sino a la sombra de los grandes, hoy aparece una paleta de partidos bisagra que se disponen a vender su adhesión al mejor postor o a mantenerse independientes medrando de las prerrogativas desorbitadas, en dinero y espacios públicos, que les da una ley torpe, que quería proteger minorías y terminó creando franquicias políticas.

La temperatura emocional y la credibilidad de la Primera Democracia también han cambiado mucho.

La democracia inaugurada en el año 2000 concentraba las esperanzas de la nación, excesivas sin duda, pero indudables como eje del ambiente público.

La democracia del año 2018 es el lugar del enojo, la insatisfacción y la desesperanza, al punto de que la aceptación de la democracia en México es la más baja del continente americano.

La credibilidad institucional ha sufrido una mengua semejante. El árbitro electoral mexicano de las elecciones del año 2000 fue ejemplo en el mundo y certidumbre y orgullo dentro de México.

Las autoridades electorales de hoy parecen enfrentadas, en un pleito de jurisdicciones legales y burocráticas indigno de su historia, y con decisiones que valen tanto como pegarse un tiro en el pie de la credibilidad, como la  más reciente del TEPJF, que pasó por alto las trampas probadas del candidato independiente Jaime Rodríguez, y le regaló la candidatura.

Ni esperanza ni credibilidad hay en las instituciones que dieron a raudales ambas cosas en el inicio de la Primera Democracia mexicana.

No hay tampoco la ciudadanía confiada y dispuesta de entonces, sino una ciudadanía escarmentada, en muchos sentidos ciega por el enojo de verse burlada.

No sabemos cómo será la democracia que viene. Sabemos que no será como la que acaba de pasar ante nuestro ojos.

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