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Después de hacer más investigaciones de las que ha hecho el gobierno mexicano para saber si al Mayo Zambada lo traicionaron, lo atraparon, o él se entregó en su propia silla de ruedas, pude saber que el juego infantil, titulado ‘La rueda de San Miguel’, que este textoservidor jugaba en su lejana infancia, todavía se sigue jugando por niñas y niños entre los cinco y los siete años.

La investigación tuvo por objeto saber si el juego era conocido por las lectoras y los lectores de esta columna que, por supuesto, tienen menos años que el autor de la misma. La razón de la averiguación fue la de saber si la versión original de la parodia que me propongo escribir era conocida y, por ende, comprensible. Para mi sorpresa, el juego aún se juega. Hasta existe en Internet un tutorial que explica el modo de jugarlo y la letra que lo acompaña. He aquí la versión paródica:

Diez chiquillos y chiquillas, de nacionalidad venezolana, se toman de las manos y forman un círculo. Niñas y niños son de lo que el gobierno venezolano llama de izquierda —aunque, en mi opinión, una presidencia unipersonal que pretende estar 18 años en el poder difícilmente puede pertenecer a esta corriente ideológica—. En fin, como los infantes son de pretendida izquierda, giraran en esa dirección al tiempo que cantan: “A la rueda, rueda, de San Miguel, San Miguel, todos cargan barriles de oil; viva Maduro, viva Maduro, que se volteé González de burro”.

Por supuesto que en el juego no se hace esperar la respuesta. De la misma forma 10 niñas y niños de las precitada nacionalidad y tendencia política de derecha, tomados de las manos girarán en círculo, en dirección opuesta a la del equipo anterior. La canción es similar: “A la rueda, rueda de San Miguel, San Miguel, todos cargan barriles de oil, pinche Maduro, pinche Maduro, que se volteé Chávez de burro”..

La ronda tiene variantes según el lado de la polarización que ocupe quien lo juegue, los de la (pretendida) izquierda pueden variar y decir: Machado de burra; la OEA de burra; y/o Guaidó de burro. Por su parte los de la derecha podrán mencionar: Diosdado de burro (Cabello, diputado, alter ego de Maduro); Elvis de burro (Amoroso, director del Consejo Nacional Electoral del gobierno madurista). No se vale decir Nicolás, ni Maduro de burro, pues este ya confirmó su calidad de jumento cuando no pudo sumar seis más siete y también la vez que se refirió a los cinco puntos cardinales.

Esta parodia infantil —en más de un sentido— ha sido un prolongado preámbulo de mi opinión sobre una elección que ha dividido no sólo a la sociedad venezolana, sino a la opinión internacional. Por un lado existen los países que consideran y apoyan el triunfo de Maduro, sin ninguna prueba, únicamente por su pretendida simpatía ideológica. También están las naciones discrepantes, sin mayores argumentos que corear la voraz opinión de Estados Unidos, país ávido del petróleo venezolano. ¿Con qué autoridad, el secretario de Estado estadounidense, Anthony Blinken —que se volteé de burro— propaga la idea de que el ganador de la elección venezolana fue Edmundo González, con lo cual siembra el desconcierto entre sus compatriotas y los ciudadanos del mundo de buena voluntad?

La única postura sensata fue la manifestada, en primer lugar, por Luiz Inácio Lula da Silva, quien se llevó un rayuelazo; a la que se unió la del mandatario colombiano Gustavo Petro y a la que, afortunadamente, llegó safe, barriéndose, López Obrador. Estos tres presidentes son promotores de que se transparente la elección y de que haya diálogo y concordia entre los venezolanos sin intromisión alguna.

Punto final:

Los Juegos Olímpicos deben 90% de su éxito y existencia a: “hay que meter a la niña y a los niños a que, por las tardes, hagan algo que los canse”.