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Después de casi 10 años de tasas de interés cercanas a cero y billones de dólares de inyecciones de liquidez, los principales bancos centrales han comenzado a acelerar en la ruta crítica para normalizar su política monetaria. El primer paso lo dio la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) cuando comenzó a reducir su programa de inyecciones de liquidez, el cual finalmente concluyó a finales del 2014.

El segundo paso también lo dio la Fed de manera tímida, al realizar el primer incremento en la tasa de interés desde el 2006 en diciembre del 2015. Aunque la Fed tuvo que esperar un año para el segundo incremento en la tasa de interés, la Fed ha incrementado las tasas en seis ocasiones, llevándola a un rango de 1.75 a 2.0 por ciento. En lo que resta del año, el mercado anticipa dos alzas adicionales de parte de la Fed, para llevar la tasa a un rango de 2.25 a 2.50%, y para el 2019 debemos esperar de dos a cuatro alzas adicionales.

El tercer componente de la normalización de la política monetaria por parte de la Fed se dio en octubre del 2017, cuando el banco central comenzó a deshacerse gradualmente de los 4.5 billones de dólares en bonos que adquirió entre el 2009 y el 2014.

Aunque otros bancos centrales han mantenido sus programas de inyecciones de liquidez por un mayor tiempo, el Banco Central Europeo (BCE) ha comenzado a reducir su programa de inyecciones de liquidez y podría comenzar a elevar las tasas de interés a partir del 2019.

Por su parte, el Banco de Japón (BoJ, por su sigla en inglés) no ha hecho ningún anuncio oficial sobre el comienzo de su proceso de normalización monetaria. Sin embargo, la evidencia en el mercado es que el BoJ ha estado inyectando menos liquidez durante los últimos meses.

La realidad es que con el retiro de los estímulos estamos entrando a la etapa final del más grande experimento monetario en la historia. Esta etapa es crítica y tiene consecuencias importantes sobre los mercados y en especial los países emergentes.

Durante la gran expansión monetaria hubo un desplazamiento masivo de recursos hacia los mercados emergentes, y una de las consecuencias lógicas del comienzo del retiro de los estímulos ha sido la salida de recursos de las economías emergentes, situación que ha provocado una fuerte apreciación del dólar ante la mayoría de las monedas de estas economías.

Aunque este proceso lleva ya tiempo, hay quienes temen que una posible aceleración del ciclo de alzas en las tasas por parte de la Fed, aunado a menores inyecciones de liquidez por parte del BCE y el BoJ en un contexto de crecientes tensiones comerciales a nivel internacional, podrían provocar disrupciones mayores para las economías emergentes.

Turquía, agobiada por sus propios errores de política económica, podría ser la primera víctima de esta situación. La pregunta que se hacen los expertos es qué tan alto es el riesgo de contagio hacia el resto del mundo emergente. Para los más pesimistas, podríamos estar en la antesala de una crisis como la vivida en 1997 en Asia. Sin embargo, la mayoría de los observadores reconoce que hay diferencias importantes entre las circunstancias prevalentes en 1997 y las actuales.

Por un lado, los niveles de apalancamiento en el mundo emergente, tanto público como privado, son sustancialmente menores que en 1997. Por otro lado, el desarrollo de los mercados locales de renta fija ha permitido que la dependencia del financiamiento externo en dólares sea menor. Adicionalmente, las principales divisas del mundo emergente han abandonado por completo el esquema de tipos de cambio fijo para adoptar uno flexible.

No obstante, la salida de flujos afectará a todas las economías emergentes, teniendo consecuencias fuertes sobre las más vulnerables como Turquía. México es una de las economías emergentes menos vulnerables pero no es inmune a la volatilidad.