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La gran recesión de hace 10 años tuvo su punto de partida en el interior de los hogares de los estadounidenses, mientras que el siguiente gran freno económico global podría llegar desde sus autopistas.

Las hipotecas subprime, aquellas que eran de tan mala calidad crediticia que eran consideradas como papel tóxico y que contaminaron buena parte del sistema financiero estadounidense, ante ese apetito avaricioso de mayores rendimientos, provocaron una gran caída mundial.

Fue una crisis que permitió algunos cambios, quizá no los suficientes, para librar al sistema inmobiliario de una crisis de esas dimensiones por algún tiempo.

Pero hay ahora focos amarillos en otro importante sector de consumo entre los estadounidenses.

El sueño americano está compuesto por tener una casa, pero también un automóvil, o varios. Todo financiado bajo el principio de consumir ahora y pagar después.

Resulta que en un afán de mantener elevadas tasas de consumo de automóviles hay un deterioro importante en la calidad de la cartera crediticia de este sector.

La Reserva Federal de Nueva York calculó recientemente más de 7 millones de acreditados con retrasos de tres o más meses en el pago de sus créditos automotrices.

Si la economía estadounidense crece, si se están creando más empleos e incluso si hay más recursos disponibles para algunos sectores por las reducciones impositivas, ¿dónde parece estar el problema?

Quizá en el hecho de que tanto consumidores como distribuidores subieron mucho la apuesta del bienestar y con las facilidades de unos para colocar sus unidades sin hacer muchas preguntas y la subestimación de los consumidores de su capacidad de pago, se ha creado una burbuja peligrosa.

Y es que ha bajado la venta de autos de manera constante desde el 2015 y esto puede llevar a promociones más agresivas que han dado forma a este mercado de créditos automotrices subprime.

No es el número de autos que se venden, sino la capacidad de pago de los que compran. Pero éste puede ser el menor de los problemas que la industria automotriz puede provocar a Estados Unidos y al mundo.

La amenaza que mantiene el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de aplicar aranceles a los autos importados, a una tasa tan alta como 25%, es un acto de suicidio económico.

Si los autos japoneses, europeos o mexicanos llegan de un día para otro con un sobreprecio de 25% se caerán más las ventas, con la pérdida de todos los empleos que esto implica.

Pero al mismo tiempo, la producción estadounidense también se vería afectada por las réplicas arancelarias y nacionalistas que aplicarían los socios comerciales.

Y hay que ser honestos, los consumidores estadounidenses tienen una marcada preferencia por los autos asiáticos y europeos antes que los locales, que se han rezagado en muchos aspectos.

Ayer nuestro diario, El Economista, publicó como historia principal la posible pérdida de hasta 500,000 millones de dólares y hasta 700,000 empleos si se mantiene el capricho de Trump de presionar a sus socios a través de la imposición de aranceles al sector automotriz.

Si es blofeo del republicano, juega con fuego que puede prender la pradera de la desconfianza y afectar el desempeño económico, aunque no aplique estas cuotas a las importaciones.

Y si habla en serio y lo hace, estamos en la antesala de una nueva crisis económica que habrá de llegar por las carreteras.