La prisa, prisea


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Héctor Aguilar CamínDía con día

“La nada , nadea”, decía mi amigo José María Pérez Gay que le había oído decir a un escéptico lector de El ser y la nada, de Jean Paul Sartre. Era una manera de sugerir que el existencialismo todo era una tautología: concedida la existencia de La Nada, todo podía asomarse a ella, menos la realidad, que era la pura y dura negación de la nada. La realidad podía ser imperfecta y miserable pero era.

“La nada , nadea”, decía mi amigo José María Pérez Gay que le había oído decir a un escéptico lector de El ser y la nada, de Jean Paul Sartre. Era una manera de sugerir que el existencialismo todo era una tautología: concedida la existencia de La Nada, todo podía asomarse a ella, menos la realidad, que era la pura y dura negación de la nada. La realidad podía ser imperfecta y miserable pero era.

La prisa prisea, digo yo, como una manera de decir que la prisa, como la glotonería, son más rápidas que la realidad y tienden a atragantarse con ella. Este es el espíritu de las respuestas a la entrevista que Hugo García Michel me hizo para la edición en español de Los Angeles Times, de la que recobro aquí algunos pasajes.

Porque hemos visto a un gobierno electo con mucha prisa, un gobierno “más activo que la actividad”, como decía otro clásico anónimo, con apresuramientos erráticos.

Ningún Presidente electo de México había tenido tanto control de los meses de su transición al poder, ninguno había ejercido tanto ese poder, desapareciendo de hecho al gobierno en funciones.

Ninguno tampoco había tomado, antes de asumir la Presidencia, decisiones tan serias, y tan caras, como la de cancelar el nuevo aeropuerto. El poder anticipado del nuevo gobierno le ha traído costos anticipados también. Ha gastado parte de su luna de miel con la opinión pública y con los poderes reales antes de que empiece formalmente su mandato.

La prisa y la unilateralidad de sus anuncios, planes y legislaciones muestra el estilo de un gobierno inclinado a la confrontación y a establecer duelos de poder con lo que se le opone.

Las decisiones apresuradas son veneno para los gobiernos. El gobierno electo de México tiene demasiada prisa. Tanta, que no escucha sino lo que quiere oír, que hace consultas ridículas en su representatividad para justificar decisiones previamente tomadas, como fue la del aeropuerto, y como serán las que hará este 24 y 25 de noviembre sobre el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y sobre si la gente quiere o no que le regalen dinero.