n indicio de la mala leche contra la democracia que entraña el oficialista empeño por chatarrizar al Instituto Nacional Electoral deja ver la boquifloja gobernadora de Campeche, Layda Sansores, al defender así la regresiva reforma constitucional: “Cómo no se va a necesitar si vemos estas encuestadoras patito cómo manipulan la información y acomodan las cifras como les dicta su amo…”.

Aunque se refiere a mediciones de la vulnerable imagen pública del dirigente nacional del PRI, la pendenciera se cepilla las consultas que retratan la popularidad del presidente López Obrador, las que registran que el INE es la institución civil de mayor confianza para la ciudadanía (por encima de los Tres Poderes, los partidos y la casi totalidad de las dependencias federales, con excepción de las fuerzas armadas) y hasta la que su líder Mario Delgado acaba de dar a conocer sobre la propuesta que el domingo 13 será masivamente repudiada.

En lo que parece delatar preocupación por la probabilidad de que en las urnas de las elecciones venideras la mayoría de votantes retire su apoyo a la 4T, dos machuchones morenistas, con la venia de los palacios Nacional y del antiguo del Ayuntamiento capitalino, se la viven provocando bochornosas reyertas para intimidar, uno a los opositores y críticos del partido en el poder, y otra a un compañero de viaje en Morena: la cacique de Campeche y el secretario de Gobernación.

Con delincuencial desparpajo (desacatando un mandato judicial), la golpeadora no cesa su desquiciada embestida contra el correligionario incómodo Ricardo Monreal, mientras que Adán Augusto López se afana en calumniar a los gobernadores y legisladores de la oposición, disfrazando su precampaña presidencial con la supuesta defensa de la militarización del país y la insistencia en la falaz “necesidad” de la pretendida y reaccionaria reforma política.

Tercero en la disputa corcholatera por el destape para la sucesión de AMLO, el secretario se revela cada vez con más frecuencia como un aspirante de gelatinosa consistencia, que primero dice barbaridades y después jura y perjura no haberlas dicho, sin importarle que haya videograbaciones que lo dejan en evidencia.

Después del sainete que provocó y terminó siendo ridiculizado por los categóricos desmentidos de Felipe Calderón, antier desconoció haber declarado que la seguridad pública en Chihuahua es “un desastre”.

Al visitar a la gobernadora Maru Campos, ante los reporteros reculó: “Yo no dije que tuvieran un desastre, esas no fueron mis palabras”. Pero a mediados de octubre afirmó: “Ya otro día les platicaré el desastre en Chihuahua, donde también es un gobierno emanado de Acción Nacional…”.

Ambos con incierto futuro político en la continuidad o no del movimiento en que han degradado su papel a virtuales porros, Layda y Adán están abocados a cumplir ominosas instrucciones: ella, denigrar al cuarto en discordia de Morena, y él intimidar a adversarios que, si consiguen unirse, pueden poner punto final a la cuarta…