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Este martes la política de Donald Trump se someterá al juicio de las urnas. Históricamente las elecciones intermedias se han interpretado como un referendo sobre la gestión del presidente en turno. Hoy no será la excepción. Al contrario, el activismo intensificado de Trump y su imán mediático lo han puesto en el centro de las campañas.

En este tipo de elecciones el partido en el poder suele perder posiciones. Según las proyecciones, el Senado seguirá bajo control republicano, pero los demócratas podrían obtener la mayoría en la Cámara de Representantes. Para Crosstab y FiveThirtyEight la probabilidad de que esto ocurra es de al menos 80 por ciento.

Hay que recordar, sin embargo, que con pronósticos similares en su contra, Trump ganó la presidencia. Imposible descartar entonces que los republicanos se lleven ambas Cámaras.

Estamos frente a un tipo de política nueva e impredecible: la política del ácido. En este contexto, Trump ha privilegiado el discurso del miedo y la exclusión, incluso dejando de lado las buenas noticias económicas.

Ello explica que la caravana de migrantes centroamericanos y el peligro de una “invasión” hayan sido temas centrales en el cierre de las campañas.

Por otra parte, como lo resaltó The New York Times, el activismo de Barack Obama ya no parece conectar como antes con la base demócrata. El discurso moral ha perdido sentido ante un electorado que quiere responder a los golpes con más golpes, no con sermones.

Es mucho lo que está en juego. El discurso y las acciones de Trump han exacerbado una polarización que estaba latente y han dado rienda suelta al encono.

Si Trump sale victorioso, quedará sin contención en el Congreso y con un ego inflado. La política del ácido, que todo lo corroe, habrá sido validada.

Por el contrario, un triunfo de los demócratas en la Cámara de Representantes impondría un freno institucional a esos impulsos, aunque sin llegar a anularlos.

Y ese es el mejor escenario posible en un momento en el que la salud de una democracia plural y abierta está en juego.