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Es casi una tradición que los encargados eclesiásticos del culto guadalupano no fueran “aparicionistas”, es decir, no creyeran en la aparición física de la Virgen Morena en el Tepeyac.

El 8 de febrero de 1887, cuando la Santa Sede otorgó su permiso para que la Guadalupana fuese coronada Reina de México, el obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho, se manifestó contra la ceremonia. Coronar a la Virgen, dijo, “solo fomentará la superstición y la ignorancia en el pueblo”.

Coincidió con él en esos años el mismísimo canónigo del Tepeyac, Vicente de Paul Andrade, contrario a la “superstición” de la aparición de la Guadalupana en el Tepeyac.

En parte de su argumento, Andrade habla irónicamente de Juan Diego como el “gigante venturoso”, ya que el lienzo de la efigie guadalupana, que sería la tilma del humilde elegido por la aparición, mide más de un metro ochenta, demasiado, dice Andrade para un indio de estatura regular.

Para impedir la coronación de la virgen de su capilla, Vicente de Paul Andrade hizo publicar la carta en que, años antes, el historiador Joaquín García Icazbalceta había concluido que no había fundamento histórico en el relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

En 1890 el historiador Francisco del Paso y Troncoso reveló que la pintura que se veneraba en el Tepeyac tenía un autor conocido en su tiempo: el Indio Marcos.

Los preparativos de la coronación siguieron adelante. En septiembre de 1895, la efigie fue devuelta al santuario del Tepeyac, durante la remodelación del lugar.

El día de la apertura del santuario remodelado, los fieles pudieron notar que había desaparecido de la imagen la corona dorada que hasta entonces había ceñido su frente.

Los canónigos del Tepeyac protestaron por la supresión. Acusaron al responsable de las fiestas, monseñor José Antonio Plancarte y Labastida, de haber comisionado a Salomé Piña, un reconocido pintor de la época, para que retirara la corona.

Años más tarde, en su lecho de muerte, el discípulo de Salomé Piña, Rafael Aguirre, confesó que Plancarte había llevado al pintor para que borrara los últimos rastros de la corona, pues se estaba decolorando y no podía aquello suceder en una imagen de origen divino. (La historia en David Brading: La Virgen de Guadalupe, Taurus).