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Recuerdo en la década de los 90 que el sector empresarial mexicano impulsaba un plan para que la economía mexicana dejara de depender de la mediocridad de la visión sexenal y se pensara en un desarrollo de largo plazo.

Era una propuesta de reformas estructurales que respaldaran el recién estrenado Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Le llamaban el plan 20/20. Era un juego de números entre la visión del país que queríamos ver entonces en el año 2020 y también hacía referencia a las mediciones de la vista perfecta.

Ahora que estamos a menos de cuatro años de esa fecha vemos que la visión presidencialista de los seis años se mantiene como el patrón de desarrollo, a pesar de que sí se han hecho cambios de más largo aliento en estos años.

Pero hoy un 20/20 no es un plan ambicioso de largo plazo, hoy es una pesadilla tan aterradora que no había estado en las expectativas incluso de los más pesimistas pronosticadores.

Hoy no es una estimación imaginaria, es una posibilidad muy real de que cualquier día de estos tengamos en las pizarras los barriles de la mezcla mexicana en 20 dólares por barril y la paridad cambiaria en 20 pesos por dólar.

Ahora, hay que decir que al mismo tiempo tenemos hoy una expectativa económica de un 3/3. Esto es 3% de inflación con un 3% de crecimiento del Producto Interno Bruto. Nada para presumir, pero al menos es una estimación optimista para estos tiempos.

Pero esa posibilidad va a depender de cómo manejen las autoridades financieras el desastre del 20/20. Porque el petróleo tan bajo le puede pegar al crecimiento y el dólar tan caro puede afectar la inflación.

México perdió una oportunidad dorada a finales de la década de los 90, cuando el precio de los hidrocarburos mexicanos alcanzó los niveles más bajos de los últimos tiempos. Por aquellos días de 1998 un barril de la mezcla mexicana se vendía en menos de 8 dólares.

La respuesta gubernamental fue aplicar recorte tras recorte al gasto público, lo que afectó el crecimiento económico. No tuvieron los políticos de entonces la habilidad para impulsar una reforma fiscal. De hecho, desde entonces y hasta la fecha no ha habido gobierno que lo logre.

Como sea, aquella dupla Zedillo-Gurría optó por los recortes antes que por el aumento de la deuda o el déficit público. Ojalá que ahora que tenemos de vuelta barriles de petróleo tan baratos al menos se opte por gastar menos y no por comprometer más las finanzas. Más de lo que ya este gobierno las ha complicado.

En cuanto al tipo de cambio, hay los elementos internacionales suficientes para llevar la cotización a los 20 pesos por dólar. En el escenario financiero hay más apariciones de los factores de presión que de los guardianes de la política monetaria mexicana. Hace falta más Carstens y menos China.

Incluso hoy con el billete verde en niveles superiores a los 18 ya es previsible que haya impactos en la inflación, a pesar de que hasta hoy el tan amplio como engañoso Índice Nacional de Precios al Consumidor no deja ver manchas en el plumaje de los precios en México.

Hacen falta más señales de las autoridades, un mejor uso del armamento de defensa ante la violenta turbulencia de inicio de año. Pero sobre todo, hace falta que se deje ver una autoridad decidida a tomar decisiones de política fiscal de largo plazo que nos haga tener la menor factura posible en estos tiempos tan complejos.