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La terminación del TLC es uno de los grandes riesgos de 2018 para México, una de las tres nubes que pueden desatar la “tormenta perfecta” de que habla Jorge Castañeda en su artículo de The New York Times (http://nyti.ms/2mhV0YJ).

El solo hecho de haber sometido a renegociación ese acuerdo (no “tratado”, como sugieren las siglas mexicanas) ha tenido altos costos: inversiones detenidas y depreciación del peso ante la sola insinuación de que Trump lo dejará.

No sé si hacen bien o mal los que advierten que el fin del Nafta no será el fin del mundo para México. Desde luego que no. Pero me gustaría más oírlos decir que quizá estamos ante el fin de una época y de los daños que esto puede tener para México.

Creo que serán daños enormes. No porque vaya a destruirse la economía existente, sino porque disminuirá el ritmo que traía, lo ha reducido ya, y esto ya es una mala noticia. Puede inducir recesiones, quiebras y despidos en las regiones prósperas mexicanas vinculadas al Nafta, que crecen muy por encima del promedio nacional.

Nafta es el espacio económico más productivo de México, y el único verdaderamente global, si exceptuamos algunas empresas mexicanas que han saltado sus fronteras.

Nafta es también el único espacio de certidumbre legal que México puede ofrecer a la economía mundial. Su terminación le quitaría al país el mayor recurso institucional que tiene para atraer la confianza exterior en materia de inversión y desarrollo.

Todo eso está hoy en receso y en riesgo de desaparecer. Las posibilidades para el Nafta en 2018 son dos: que las negociaciones y la incertidumbre se prolonguen hasta después de las elecciones o que el presidente Trump se salga del acuerdo. Según Goldman Sachs, esto último es lo más probable.

No sé qué es peor: si la muerte lenta o la muerte súbita del Nafta. A veces pienso que la imaginación política mexicana reacciona mejor ante la emergencia que ante la normalidad, pues la normalidad entre nosotros es casi siempre navegar en zonas de confort donde pueden aplazarse las decisiones difíciles, aunque el aplazamiento agrave lo pospuesto.

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