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La devaluación de la moneda está inscrita entre los peores traumas económicos nacionales. Desde que López Portillo prometió defender el peso como un perro y falló, nos sentimos ultrajados cada vez que la paridad pierde terreno.

Es como si nos arrancaran un pedazo de nuestra mexicanidad y fuera un fracaso en la defensa de nuestra integridad nacional.

En los tiempos de la paridad fija, resultaba inevitable que la inflación más alta que en Estados Unidos y la productividad más baja que en aquel país forzaban a lo inevitable de devaluar cada vez que se daban turbulencias en los mercados.

Pero desde que el trauma de la crisis devaluatoria de diciembre de 1994 nos dejó un dólar 150% más caro, este país asumió el modelo de la libre flotación.

Desde entonces y a la fecha la moneda se ajusta como una válvula de escape a lo que manda el mercado y no ha habido en 20 años una sola devaluación traumática.

Ni siquiera hoy tenemos un episodio de esa magnitud, a pesar de que vimos pasar el dólar de los 12.80 en mayo a los 15.05 la semana pasada.

Sigue doliendo en el ego nacional, molesta sobre manera a los que tienen planes de vacacionar o irse de shopping en estos días; altera los mercados inmobiliario y automotriz absurdamente tazados en dólares, puede llegar a afectar algunos precios de bienes importados o con componentes de origen externo. Pero más allá de esto, hasta este punto, no pasa nada.

Dependerá del tiempo que pase la cotización tan elevada y de lo que pueda llegar a ocurrir con el desorden que se ha generado en los mercados. Porque puede llegar a complicarse la situación financiera de algunas economías y entonces no poder frenar este tobogán en algún tiempo.

Pero si las aguas petroleras empiezan a tomar su nivel y se descuentan los temores en torno a lo que podría hacer la Reserva Federal de Estados Unidos, debe llegar una época de mayor tranquilidad.

Ahora, hay que preguntarse hasta dónde no estamos en un nuevo episodio de la guerra de las divisas, en la que México quiere jugar un papel.

Ni los japoneses ni los europeos tienen empacho en dejar ver sus planes de tener monedas débiles, aceitadas con sus políticas monetarias, que les permitan reconquistar los mercados de exportación.

Si la depreciación del peso no tiene mayores consecuencias inflacionarias y se diluye, el trauma social de la devaluación, la economía mexicana podría gozar de una ventaja cambiaria para sus exportaciones y de paso para la atracción de inversiones.

Porque si de algo piden su limosna en el gobierno federal es de poder contar con algún motor que funcione bien para mover la economía y el comercio exterior lo hace muy bien.

Y justamente esa baja demanda interna puede ser un dique para que la depreciación cambiaria pueda implicar un impacto inflacionario más fuerte.

Como sea, el mecanismo de intervención en el mercado cambiario se activa después de una depreciación de 1.5%, cuando bien se pudo haber implementado tras 1%, que es más frecuente en la historia cambiaria reciente. Como que era más bien mandar señales antes que quemar dólares defendiendo al peso.

Así que puede ser que la depreciación del peso no sea tan incómoda para los que toman decisiones financieras, aunque no lo digan del todo.