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Hay un daño financiero muy notorio en esta etapa de transición del poder que ha sido provocado por las acciones de los que llegan a gobernar. Tanto así que el propio gobierno electo ha tratado de tranquilizar los ánimos de los inversionistas.

Este sábado inicia la administración de Andrés Manuel López Obrador y lo hace con mucha incertidumbre por parte del sector privado. Y no se trata de la mano invisible del mercado a la que recurre el senador Ricardo Monreal para tratar de zafarse de su responsabilidad de haber tirado las bolsas con su absurda iniciativa de eliminar el cobro que hacen los bancos por hacer su trabajo.

La realidad es que la descomposición de la confianza se ha dado de forma acelerada. Apenas en agosto pasado reinaba el optimismo sobre el camino que podría llevar el gobierno que inicia pasado mañana.

Hoy con el dólar 2 pesos más caro, hay incertidumbre y desorganización del sector privado.

Ya le tocará a Andrés Manuel López Obrador, como presidente en funciones, controlar a las fieras que le acompañan y que han acabado por afectar el inicio de su administración.

Pero las organizaciones del sector privado deberán encontrar los caminos para tener una verdadera representación gremial.

El Consejo Coordinador Empresarial (CCE) nació en pleno sexenio de Luis Echeverría y con Juan Sánchez Navarro al frente se dedicaron a defender con mucha valentía las posturas de la Iniciativa Privada ante la amenaza populista y autoritaria de ese presidente.

Hoy la representación empresarial se ve dividida, desarticulada y con sus dirigentes en aparente oposición.

En estas semanas complejas de incertidumbre y turbulencia no se ha escuchado la voz de Juan Pablo Castañón, quien es el actual presidente del CCE. Si ha hecho alguna declaración, ha sido tímida y sin impacto.

Y, por el contrario, el que parece disputar la voz de la representación del sector privado es el presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex). Sólo que Gustavo de Hoyos representa exclusivamente a ese sindicato patronal, y la realidad es que muchos de sus pronunciamientos responden a sus posturas individuales, sin consenso con sus representados.

Y ni hablar de las voces apagadas de las cámaras y sus confederaciones en los sectores comercial e industrial.

A la industria bancaria la han marginado durante años de la representación empresarial en un falso debate entre empresas chicas y grandes. Y el Consejo Mexicano de Negocios también guarda distancia de los demás.

Vienen relevos importantes en la representación empresarial. Por ejemplo, en pocos días se elegirá al titular de la Asociación de Bancos de México y tendría un gran acierto si eligen a Luis Niño de Rivera como su próximo presidente. Representante de un banco mexicano, con buena interlocución legislativa y con el próximo gobierno.

Pero, al mismo tiempo, las organizaciones del sector privado necesitan reagruparse para que los puntos que hoy tienen más en común, como nunca antes desde el siglo pasado, puedan tener una voz fuerte y representativa.

Incluso, por lo visto, hasta hoy en el gobierno que arranca el sábado, hay dentro de esa amalgama que llega al poder muchos que tienen interés en que haya estabilidad, certidumbre y reglas claras para los capitales privados. Pero también es un hecho que hay muchos que no quieren eso y si nos atenemos a lo que han hecho hasta hoy y a los niveles de volatilidad e incertidumbre, van ganando los rupturistas.

Así que una voz empresarial fuerte, unida y sin divisiones puede ayudar a reforzar ese necesario mensaje de tranquilidad que hoy no logra permear, aunque lo diga el propio presidente electo.