Sin duda miente quien se pueda llamar a sorpresa sobre lo que ayer vimos en la marcha oficial organizada bajo el pretexto de celebrar los cuatro años de gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Un poco de experiencia y conocimiento de cualquier observador común de la vida pública podría haber previsto el tamaño de la movilización y las definiciones que hizo el Presidente. Lo interesante, la incógnita, eran los detalles.

¿Pero por qué decir que hubo alegría, futuro, torpezas y tristezas? Pues porque fuimos testigos de ello.

¡Claro que fue una marcha alegre! Muchos mexicanos están felices de que AMLO gobierne porque fue su decisión sacar de la Presidencia a un gobierno corrupto como el de Enrique Peña Nieto y darle una lección a una clase política alejada de una sociedad empobrecida a la que no le han llegado a los bolsillos los beneficios de la modernidad.

Y luego de eso se mezclan muchas cosas que tienen un común denominador: el ADN priista inmoral, exhibicionista y antidemocrático del que por más intentos y buenas intenciones no puede escapar la clase política mexicana sea panista, morenista o perredista.

Quizá para los que marcharon la abrumadora fuerza y capacidad de convocatoria no les permitió ver una exposición que vista en perspectiva generaba tristeza y desencanto en medio de legítima alegría y orgullo de muchos.

Porque en verdad da tristeza ver que a pesar de décadas de lucha por la democracia que vivió el país desde las décadas de los 50, 60, 70, 80 y 90 del siglo XX, hoy estamos igual que hace más de 70 viviendo a una clase política que en lugar de renovarnos nos devuelve a los usos y costumbres antidemocráticos que pensábamos desterrados.

Ya sabíamos que iban a estar presentes muchísimos miles en el Paseo de la Reforma y el Zócalo, pero es ofensivo el cinismo de un secretario de Gobierno local como Martí Batres, que superaría en descaro a sus antecesores afirmando que en la previa marcha opositora habían asistido unas “10 mil o 12 mil personas” y ayer dijera chabacano que acompañaron a AMLO “un chingo y dos montones”.

También sabíamos que, brillante como es, el Presidente iba a relanzar rumbo su apuesta política que rumbo a las elecciones de 2024 y, por desgracia, confirmamos que lo haría igualito que sus antecesores. Algo muy torpe sin duda, pero no pudo evitarlo.

Y lo hizo como ellos cambiando simplemente un slogan publicitario por otro al rebautizar la Cuarta Transformación como “humanismo mexicano”; al igual que Carlos Salinas se inventó el “liberalismo social” o Felipe Calderón la “guerra frontal contra el crimen organizado” o el PRI el “nacionalismo revolucionario” o la “Revolución Institucionalizada”, todo con tal de pretender justificar la prolongación de su poder político.

Vimos también con tristeza y decepción como de nueva cuenta se hicieron prácticamente inexistentes las fronteras entre el gobierno y su partido y el uso de los recursos del Estado para convocar, organizar y promover una manifestación de apoyo al Presidente.

Fuimos testigos de la ruptura de algo que es fundamental en la democracia: la digna y obligada distancia entre el poder público que debe representar a todos y el partido en el Gobierno.

Bastó la propia convocatoria y promoción del Presidente a esta marcha y la transmisión del Sistema Público de Radiodifusión para constatarlo, con la vergonzosa exposición de propaganda oficial indigna de un medio público que no de gobierno de parte de muchos, no todos, conductores indignos de mención.

Debatir sobre el número de asistentes o el significado del “humanismo mexicano” es simplemente ocioso.

Hay que ver a México en perspectiva, si levantamos la mirada nos veremos en verdad como somos y seguramente no nos gustará del todo.

Veremos sí a miles de mexicanos que hoy legítimamente marcharon porque aman al país a los qué hay que respetar, al igual que los muchos miles que por la misma razón marcharon el pasado 13 de noviembre para defender la democracia y al INE.

Pero también veremos por a otros que, perdón, fueron acarreados porque nuestra clase política no cambia y que a pesar de que en 1997 ganó el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas el gobierno de la Ciudad de México y en el año 2000 Vicente Fox ganó la Presidencia, ni la derecha ni los progresistas le cumplieron a los mexicanos y siguieron conduciendo al país con las reglas del PRI: corporativismo, acarreo, corrupción, desprecio por la ley y la democracia.

Había esperanza de que el cambio nos llevaría a mejores cosas, pero no fue así, ni con el PAN ni con el PRD… no debe sorprender que con Morena sea más de lo mismo.

Sólo que no puede evitarse la decepción y la tristeza.

@nesojeda