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Dicen que los rusos se metieron en la campaña electoral de Estados Unidos para lograr que Donald Trump se convirtiera en presidente de ese país.

Hay una comisión legislativa en aquel país que quiere demostrar que eso fue cierto. Porque tal parece que los rusos, si lo hicieron, fueron muy efectivos en borrar las huellas de su injerencia.

Pero el que parece que no tiene el más mínimo interés de ser discreto en su intervención en unas elecciones extranjeras es Donald Trump, quien ahora con el pretexto comercial mete las dos manos completas en el ánimo de los electores mexicanos.

Ya nos sonaba a un populismo peligroso el dar rentas de unos cuantos pesos a cualquiera que demuestre que es mexicano o regalar dinero a los que no estudian ni trabajan. Pero desde la Casa Blanca, el gobierno estadounidense pone como condición para la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que los obreros mexicanos tengan un salario de no menos de 50,000 pesos mensuales.

El arma negociadora que ahora aplica el equipo de Donald Trump lleva la forma de un dulce envenenado que difícilmente puede encontrar rechazo entre la gente de nuestro país.

Este lobo feroz con disfraz de abuelita de caperucita retiró de la mesa su propuesta de querer para él un contenido regional de autopartes de 50%, eso suena muy egoísta. La nueva estrategia es una manzana envenenada que ataca uno de los grandes problemas de México: los bajos ingresos.

El buen Donald Trump quiere que los trabajadores de la industria automotriz tengan un salario mínimo de no menos de 15 dólares por hora y de los actuales 2 dólares. ¿Quién en este país de carencias le puede decir una grosería al señor Trump por semejante idea y menos ahora que están las campañas electorales?

El disfraz de madre Teresa para vender esta postura es que buscan lograr que los mexicanos tengan mejores ingresos para que así puedan comprar más productos de consumo de Estados Unidos y que la producción automotriz no se defina solamente por un factor de costo de mano de obra.

¿Qué va a pasar cuando los negociadores mexicanos intenten explicar a sus contrapartes estadounidenses y canadienses que un repentino aumento salarial desataría una carrera entre precios y salarios que acabaría por traspasar las fronteras con el costo mismo de los automóviles?

Los primeros que se van a unir a la voz de Donald Trump de calificar de insensibles y desconsiderados a los del gobierno mexicano con la clase obrera de este país serán los candidatos opositores a la Presidencia. Y como hoy ya no hay matices entre la derecha y la izquierda podría haber un coro de Anaya y López entonando el mismo reclamo.

Lo cierto es que una de las principales promesas que hace 24 años formulaba la entrada en vigor del TLCAN era que al paso de los años se homologarían las condiciones de vida de mexicanos, canadienses y estadounidenses y eso es algo que definitivamente no ha sucedido. Así que razones para reclamar sí existen.

Así que el gobierno de Donald Trump tiene en su bandera laboral una muy poderosa carta de presión para México porque este gobierno está urgido de terminar cuanto antes la renegociación del acuerdo comercial, pero al mismo tiempo hay una insistencia, de impecable argumentación financiera, de no presionar la economía por el lado de los ingresos.

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