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Ignoro cuantas veces al día se invoca la democracia. Para un  asunto o para el otro, pero todo debe pasar por su cedazo. Y eso no estaría mal si no fuera por la equivocada aplicación de la palabra.

Como –por ejemplo— en esta pandemia nos infectamos todos por igual, los ricos, los pobres, los poderosos y hasta las fuerzas morales, se dice, es una enfermedad democrática. No, en todo caso sería una enfermedad extendida, generalizada, común, colectiva, planetaria, pero no democrática.

Pero basta la palabra de un idita para convertir su idiotez en verbo recurrente, como esos cuya boca se llena de presunta originalidad y le dicen a la hipertensión: es un asesino silencioso.

Lo mismo dicen del Coronavirus o cualquier virus: son silenciosos e in visible. Vaya descubrimiento. ¿Ahora lo quieren con corneta?

Lo democrático no son las enfermedades infecciosas. Tener sistemas de salud adecuados en cualquier parte del mundo, eso sí sería democrático. Y eso es lo ausente excepto –claro—en México y en Dinamarca.

Los analistas de la historia nos dicen de este tiempo: es la era de las grandes democracias y eso es falso. Hoy la humanidad, como nunca antes depende paras su supervivencia –sin retórica—de un puñado de cinco o seis empresas multinacionales.

Y para su comunicación instantánea, digital y cibernética, de otras tantas. La w.w.w no es de nadie y sin embargo de ella dependemos todos. Nada en el mundo ha sido menos democrático. La internet nos da la impresión de un  poder global, pero es un poder en manos de pocos.

Como las redes sociales o las grandes plataformas, cuya incidencia en hábitos, modos de compra y comercio; consultas, preferencias eróticas, culturales, medicinales y políticas;  estados financieros, pagos fiscales, cuentas bancarias y mil cosas más, están sido determinadas hasta un punto realmente increíble por operadores remotos, hábiles en la conjugación de algoritmos y demás formulaciones matemáticas de los cuales ni siquiera nos enteramos.

El dominio global de un sistema –ya no es el capitalismo o el socialismo—hace imposible revertir la tendencia de la acumulación y mantiene, por los siglos de los siglos, la desigualdad entre las naciones. La patraña del sistema Covax, por ejemplo, en la distribución planetaria de las vacunas es un  ejemplo.

Mentora, los países ricos se las verán primero con la curación, con  todo derecho. Sus laboratorios sus científicos y sus conocimientos acumulados los hacen merecedores de estar primeros en la fila. La fila es suya; las vacunas también, por mucho como chillen los tlatelolcas.

Y cuando ellos hayan resuelto sus problemas – a medias o como sea–, entonces volverán al ver a los países dependientes.

¿Cuáles? Todos los científicamente rezagados menos México, porque, como se sabe,  nosotros somos una potencia científica como no había soñado la humanidad desde el descubrimiento de los “chiqueadores” y las “limpias” con rama de pirú.

Como hubiera dicho Sir Winston: nunca tantos estuvieron en manos de tan pocos.

Casi ocho mil millones de habitantes de este abigarrado y quebrantado planeta, dependemos de Pfizer, Astra-Zéneca y quien más usted quiera. Cansino, Sputnik o Moderna; Johnson and Johnson y algunos más.

De ellos depende la salud o la enfermedad de todos. Y eso es masivo, no democrático. No de los gobiernos electos o impuestos.

Los gobiernos poco pueden aunque mucho hablen. No importa si queremos juntar la península de Crimea con  la de Yucatán y le pedimos a Putin un gigantesco paquete de veinte o más millones de vacunas. No hacemos nada sino exhibir nuestra dependencia y nuestra quejicosa condición de subdesarrollados pedigüeños.

–Tovarich, una vacunita por el amor de Dios.

Hoy el sueño, exhibido con ufanía por todos nuestros políticos quienes  del tiempo de Fox para acá nos hablan de la incipiente democracia mexicana y sus tropiezos, comienza a enturbiarse a golpes de realismo. Masificación  no es democracia. Democracia debería ser eficacia en la gestión pública con el mayor grado de sustentabilidad institucional posible.

Lo democrático no son los gobiernos, deben ser las instituciones operadas por los gobiernos.

Democracia no es vacunar a los Servidores de la Nación para sostener una legión (legión era un nombre del diablo), promotores del voto, mientras se deja sin remedio a los exhaustos médicos y servidores de la salud. Eso es corrupción pura (corrupción pura, vaya oxímoron), y simple.

Y este gobierno ha corrompido muchas de sus acciones a favor de la propaganda clientelar aunque después nos diga con cara de hierro, no somos iguales. Es cierto; son peores.