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Desde los principios de la crisis en el 2008, las principales tareas de los bancos centrales del mundo desarrollado han sido evitar un escenario de deflación y estimular el crecimiento económico. Tanto la Reserva Federal (Fed), como el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BoJ) han bajado sus tasas de interés a niveles históricamente bajos, y las han mantenido ahí por un periodo prolongado.

Adicionalmente, la Fed y el BoJ han expandido su balance e inyectado cantidades inusitadas de liquidez a la economía mediante la impresión de circulante destinado a la recompra de diferentes activos financieros. En el caso de Estados Unidos, la situación económica ha mejorado lo suficiente para que la Fed haya puesto punto final a su programa de expansión monetaria a finales del año pasado, y muy probablemente comenzará a subir las tasas de interés este año.

En el caso de Japón, la amenaza de deflación y el estancamiento han detonado una postura mucho más agresiva del BoJ, que ha incrementando su programa de inyecciones de liquidez considerablemente. En el caso de Europa la historia ha sido diferente. Si bien en los inicios de la crisis en el 2008 el BCE actuó de manera decisiva para evitar el congelamiento del sistema financiero, bajando las tasas e inyectando liquidez a los mercados, durante los últimos años el Banco Central Europeo ha tomado una postura mucho más conservadora que la Fed y el BoJ.

Para el 2011, el BCE ya estaba restringiendo su política monetaria mediante un alza de tasas, y para mediados del 2012 ya había comenzado a reducir de manera importante el tamaño de su balance. La combinación de una política monetaria tímida con fuertes medidas de austeridad fiscal y la falta de reformas estructurales, en gran parte de la eurozona, han hecho inminente un nuevo escenario de recesión y deflación.

El pobrísimo crecimiento de la eurozona en el 2014 y el hecho de que las cifras de inflación de diciembre han confirmado una situación de deflación, por primera vez desde octubre del 2009, hacen inminente que el BCE tome por fin una postura más agresiva.

Esta semana es clave, ya que el BCE concluye su primera reunión de política monetaria este jueves. De acuerdo a la encuesta del diario Financial Times, 26 de 32 economistas encuestados esperan que el BCE tome una página del manual de la Fed y anuncie un programa masivo de inyecciones de liquidez al estilo del QE americano. Esta percepción también ha sido alimentada por comentarios de Mario Draghi, presidente de la entidad, donde ha manifestado que el programa de inyecciones podría aumentar el balance del banco central en mil millones de euros e incluir bonos soberanos.

Sin embargo, hay dos preguntas pendientes. La primera es si Draghi finalmente conseguirá el apoyo de los alemanes, que en ocasiones anteriores han sido renuentes a tomar medidas de este tipo. El hecho de que las cortes europeas hayan declarado que las medidas tomadas por el BCE durante la crisis fueron constitucionales, le resta poder a los detractores alemanes, y aumenta la probabilidad de que esto suceda.

La otra pregunta es qué tanto impacto tendrá este programa de estímulos en la economía europea. Para muchos, el impacto de este nuevo QE podría ser limitado si no es acompañado por un plan coordinado de estímulos fiscales o si su implementación se hace de manera tímida.

Los canales de transmisión más evidentes a la economía real son: i) a través de una baja en las tasas de interés de los bonos soberanos de los países más endeudados, que les permitirá bajar sus costos de financiamiento y tal vez usar esos ahorros para introducir estímulos fiscales, y ii) a través de la depreciación del euro que podría impactar de manera favorable al sector exportador de la eurozona.