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"Cuando no se ha logrado, lamentablemente, impedir que una mujer sea víctima de esta violencia, nuestra obligación es actuar de inmediato para esclarecer los hechos, detener a los responsables y combatir la impunidad", expuso García Harfuch

¿La guerra contra el narco de los últimos años ha sido una guerra fallida o solo una guerra sangrienta?

Eduardo Guerrero fue el primero en fijar analíticamente, con rigor estadístico, la estrategia de la guerra contra las drogas emprendida en el año 2007 por el gobierno mexicano.

Las líneas de esa estrategia eran que había que golpear a los grandes cárteles, descabezarlos, fragmentarlos en bandas de menor tamaño que dejaran de ser una amenaza para la seguridad nacional y se convirtieran, con el tiempo, solo en un problema de seguridad pública.

Guerrero mostró con rigurosas mediciones que los costos de la estrategia eran particularmente sangrientos. La captura o la muerte de cada jefe producía un doble efecto violento: el de la lucha interna para suplir al capo caído y el de la ofensiva de las bandas rivales para aprovechar la debilidad de la banda descabezada.

Puede decirse de dicha estrategia que ha costado más sangre de la que nadie previó. Quizá no puede decirse que no ha funcionado, sino que asistimos a las convulsiones finales de la violencia prevista: bandas que pueden ser más peligrosas para las comunidades en que operan, pero no más amenazantes para la seguridad nacional.

Lo que vemos en Tierra Caliente, en Iguala o Tamaulipas, en materia de salvajismo criminal, puede ser los últimos estertores de la guerra emprendida. El paisaje después de la batalla será un periodo largo de captura criminal de municipios aislados, ciudades menores y espacios urbanos marginales.

A estas alturas de la matanza, es difícil sostener que no se ha librado en México una sui géneris guerra civil. He intentado su crónica en “La captura criminal del estado”, (Nexos, enero 2015). Me pregunto al final si esa guerra ha valido la pena y si ha conseguido algo de valor equivalente a la destrucción de vidas y a la expansión criminal que produjo.

La respuesta es desde luego negativa. Ha sido una guerra pírrica cuyos daños son evidentes y cuyos beneficios es imposible describir.

Es la segunda guerra en su territorio que Estados Unidos le impone a México. Es la segunda guerra perdida de México.

 

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