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Hay desafortunadamente muchas personas en México que los 80 pesos diarios del salario mínimo son lo único que tienen para sobrevivir.

Sin embargo, el peso del segmento de trabajadores que percibe el mínimo dentro de todo el conjunto de la economía es muy bajo.

Si los justos y necesarios aumentos al salario mínimo se sacan de una discusión técnica tripartita, entre obreros, empresarios y gobierno, para incrustarlo en la agenda política nacional el resultado es contraproducente.

Enrollarse en la bandera de los minisalarios desde las ambiciones políticas ha tenido sus pros y sus contras.

Lo bueno es que el tema elevó la temperatura lo suficiente como para lograr un primer aumento superior a los niveles esperados de inflación.

El activismo de algunos con este tema venció el discurso compartido por el sector empresarial y el gobierno federal, con el silencio cómplice del sector obrero, de querer vincular cualquier aumento al incremento de la productividad.

Esa atención de la opinión pública en el tema llevó a los actuales 80.04 pesos de un solo mínimo nacional y lo encaminan hacia los 100 pesos diarios.

El problema está en elevar tanto la relevancia del tema que pueda eventualmente resultar contraproducente para los que se han beneficiado con ese incremento.

Ahí están los que no tienen nada bueno que presumir de su trabajo de gobierno. Inseguridad, corrupción, caos vial y demás, entonces la noble causa de aumentar los salarios se presta para lavar la cara de la ineficiencia gubernamental.

El aumento de los mínimos también ha servido para que se avive la guerra civil entre las organizaciones del sector privado. Algunos enarbolan el aumento a los mínimos, y hasta número le ponen, para venderse como los empresarios buenos frente al resto de los insensibles que no piensan igual.

En ese uso político empiezan a hablar de aumentos de emergencia, de la crisis de los trabajadores, de cómo la inflación no tiene control, de cómo toda la economía está en una situación grave y demás afirmaciones cargadas de exageraciones que fácilmente se incrustan en la mente de quien las escucha.

Y si no había emergencia, crisis o gravedad, la generan. Si la inflación es alta, presionar este precio que son los salarios sólo ayuda a que no se pueda revertir la burbuja.

Pero nada importa si de lo que se trata es de ganar aplausos que después colecten votos, para la Presidencia del país o de la dirigencia empresarial.

Quizá por ahora el tema parezca un tanto apagado, pero le aseguro que en cuestión de semanas volverá a tomar relevancia mediática con todo y esa carga propagandística tan negativa.

Por ello, si realmente está en los planes de los que deciden en torno al mínimo el procurar un aumento, que lo resuelvan ya o que se fajen para declarar que no hay manera, pero que lo hagan lo antes posible.

Antes de que todas esas profecías lanzadas con fines electoreros de crisis, emergencia, gravedad y demás acaben por contagiar a una economía que paradójicamente tiene una mejor cara que en años anteriores, pero que goza de baja credibilidad entre muchos de sus participantes.