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El Rey sabía que inexorablemente iba a morir. Eran las reglas del reino. Lo plebeyos lo decían a su manera: ‘El que bailó en esta en la próxima se va a la chingada’, forma coloquial de referirse al más allá, al mundo de los muertos y de los espíritus.

Con mucha anticipación, demasiada según los historiadores del tema, el Monarca preparó su sucesión. Maquiavélico, el Soberano, impredecible y socarrón, nombró a los seis posibles remplazos —cinco príncipes y una princesa— para observar el modo de conducirse entre ellos, sea para destrozarse entre sí, o para hacer alianzas contra él. Actos que, fuera de las consabidas patadas debajo de la mesa, no alcanzaron niveles bélicos y, mucho menos, nadie osó ir en contra del supremo jefe.

Tal vez lo políticamente indicado era que el Monarca sólo hubiera elegido para sucederlo a una mujer y un hombre. Ésta por ser una eficaz colaboradora con origen de auténtica izquierda y al otro por debérsela de seis años atrás. Sin embargo, fueron seis los aspirantes a ponerse la Corona que de tan abollada por él, pero sobre todo, por las Majestades que le precedieron, al pueblo le dio por decirle la corcholata, que maltratada y todo era más deseable que el silencio de Stormy Daniels por Donald Trump.

¿Por qué seis? Sencillamente porque así lo quiso el dueño del balón. O mejor dicho, el dueño del bat, las pelotas y las manoplas, para ser más pertinente con el pasatiempo favorito del Rey, el ídem de los deportes: el beisbol.

Llegó el gran día. La princesa ganó el título de Emperatriz. El Rey que iba de salida le cedió el bastón de mando y, para gobernar, la rodeó de algunos que fueron sus colaboradores. Inclusive los príncipes que contendieron con la nueva Reina, fueron colocados, uno en el gabinete real y otros en el Parlamento como su paisano tabasqueño, el zacatecano repudiado por el Monarca en los últimos tiempos, pero que fuera del redil podría resultar peligroso, así como un buen orador que cada vez que podía deseaba larga vida al compañero Emperador y un joven que fuera Virrey de Chiapas integrante de un partido que lo único que tenía de verde eran sus miembros.

Muy pronto, se supo que aquel que se fue le amarró el bastón de mando a la nueva Soberana, de tal forma que le resulta imposible desatarse de él, y que éste no es otra cosa que un receptor que capta las ondas hertzianas que desde el más allá (la chingada) le envía el exmonarca, valido de poderes paranormales.

A pesar de que la Emperatriz en su corto periodo de mando había dicho ser contraria a las reelecciones, cierto día, el Parlamento votó por la reelección de la actual dirigente de la Real Comisión de los Derechos Humanos, no obstante que había demostrado ser ineficaz en el cargo al atender sólo el 1% de los casos presentados y ser la peor calificada de las y los aspirantes al puesto entre las que se encontraba, la mejor evaluada, Nashiel Hernández Ramírez, al parecer la favorita de la Monarca.

La reelección de la señora pelirroja que se dio como por arte de magia o como si los parlamentarios obedecieran una voz de ultratumba, provocó que le entrará una piedra al zapato de la Soberana que comentó impasible: ‘Fue decisión del Parlamento’. Hubo quien percibió esto como el primer intento de desatarse del bastón de mando. Sin embargo, al siguiente día la Reina expresó de manera enfática que aquellos que piensan que la reelección fue por órdenes del exrey no saben lo que dicen. Al parecer, no pudo deshacerse de las ataduras. Al menos lo intentó. Tarde o temprano tendrá que desatarse.

Punto final

Para aquellos que se preguntan si no me canso de escribir pendejadas, les informo que no las escribo corriendo.