Minuto a Minuto

Economía y Finanzas México avanza rumbo a revisión del T-MEC para consolidar comercio trilateral
México busca fortalecer y consolidar los mecanismos actuales del T-MEC para aumentar el crecimiento del comercio y empleos en los tres países
Internacional EE.UU. incauta al petrolero Verónica en aguas del Caribe
Un equipo táctico de la Guardia Costera de EE.UU. llevó a cabo un abordaje y la incautación del buque cisterna Verónica en el Caribe
Internacional Llegan a Cuba militares heridos y muertos en ataques de EE.UU. a Venezuela
Autoridades de Cuba recibieron los restos de los militares muertos y a los combatientes que resultaron heridos durante los ataques de EE.UU. en Venezuela
Nacional Detienen a ‘el Cubano’, líder de célula afín al Cártel de Sinaloa
Daniel Alfredo N., 'el Cubano', es identificado como responsable de coordinar la distribución de droga sintética hacia EE.UU.
Nacional Defensa lleva ayuda humanitaria a Jamaica por el huracán Melissa
Dos aeronaves de la Fuerza Aérea Mexicana partieron rumbo a Jamaica para entregar ayuda humanitaria tras las afectaciones por el huracán Melissa

La doma del poder” es el título de un ensayo de Bertrand Russell, publicado en 1939 dentro de su libro Power: A New Social Analysis.

Es un ensayo que en su momento le pareció a George Orwell pleno de inteligencia, nobleza de espíritu y decencia intelectual, pero en cierto sentido irrelevante para el oscuro momento que gobernaba el mundo, y que acabaría por sumirlo en la oscurísima noche de la Segunda Guerra Mundial.

Russell repasaba en su ensayo, como quien despliega en el piano una suave y deseable sonata, las condiciones políticas, económicas y psicológicas (educativas) que podían domar al poder, regularlo, civilizarlo, ponerlo al servicio de las mejores reglas de gobierno, las mejores condiciones económicas y las mejores pasiones del hombre. Eso, en el momento en que Hitler iniciaba su expansión bélica, Italia consolidaba su dictadura, Japón atacaba China, Stalin militarizaba la Unión Soviética y el mundo era una gigantesca asamblea de poderes indomados.

Lo que decía Russell que había que hacer era justamente lo contrario de lo que en ese momento hacían los gobiernos del mundo. Había que cuidar la democracia, decía Russell, guiándose por la voluntad de la mayoría, pero garantizando la voz y los derechos de las minorías.

Había que disminuir las desigualdades económicas, aumentando el control democrático del Estado sobre la generación y la distribución de la riqueza. Había que educar a la sociedad cultivando sus mejores impulsos, mediante la deliberación plural y el espíritu científico, cuya esencia es saber y dudar al mismo tiempo.

En su nota de 1939 Orwell escribió, con toda razón, que el libro de Russell no ofrecía ninguna salida practicable para el mundo que tenían delante. La idea subterránea de Russell, abrevió Orwell, con retenida incomodidad, era que “el sentido común siempre gana al final”.

Nada prometía el triunfo del sentido común en 1939, pero sabemos ahora que, aunque el costo fue imborrablemente alto para la humanidad, el sentido común que había en la mirada científica y filosófica de Russell, se impuso al final de la gran medianoche del siglo XX. Pienso que lo que prevaleció sobre aquella hecatombe prevalecerá también sobre la modesta calamidad mexicana de nuestros días. Ojalá que pronto.