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La economía estadounidense tuvo un desempeño excepcional al cierre del segundo trimestre: la revisión del Producto Interno Bruto ubicó el crecimiento entre abril y junio en 3.9 por ciento. Sin embargo, a estas alturas nadie tiene dudas de que el tercer trimestre fue diferente, fue evidente la desaceleración.

La bipolaridad o la montaña rusa económica estadounidense ha marcado este año una trayectoria errática, porque no hay que olvidar que el primer trimestre inició prácticamente con un crecimiento de cero, que ya combinado con el resultado del segundo trimestre lleva la economía semestral a un respetable 2.3 por ciento.

Pero en este trimestre que acaba mañana a la economía le tocó poner la cara deprimida, o una baja, si nos quedamos con la analogía de la montaña rusa.

Los indicadores mensuales, que le van dando forma al resultado trimestral, indican que la economía más grande del mundo acusa recibo de la fortaleza de su moneda y del contexto mundial más ralentizado, en especial el menor ritmo del crecimiento chino.

A los ojos de los mercados, los indicadores industriales, de consumo y confianza internos deberían ser suficientes para que la Reserva Federal declarara abiertamente su intención de esperar hasta el próximo año antes de al menos insinuar un primer aumento en la tasa de referencia.

Sin embargo, los banqueros centrales piensan diferente. Creen que el orden monetario bien puede acompañar a la siguiente subida económica que esperan. Confían en que la creación de empleos será sólida y sobre todo que la inflación confluirá hacia 2 por ciento.

No quieren que en los mercados se hagan locuras y por lo tanto empiezan a ganar fuerza aquéllos que creen que un aumento gradual, sin prisas, debe iniciar este mismo año.

El problema es que ésta es una de las peores combinaciones para la economía mexicana, y de hecho para un buen número de economías emergentes, porque hay una evidente baja en la actividad económica al tiempo que se mantienen las presiones cambiarias. Si nos metemos a la canasta del mercado cambiario y vemos lo que está sucediendo, hay razones para el espanto.

La ralentización de la actividad económica estadounidense ha provocado una baja en las exportaciones, esto implica que se reciben menos dólares y por lo tanto que se reduce la oferta interna del billete verde.

Lo mismo sucede con las ventas petroleras, Pemex vende menos y más barato, por lo tanto tiene menos divisas que engrosen la oferta de dólares para ser cambiados por pesos.

Sin embargo, al mismo tiempo, la expectativa de un pronto aumento de las tasas de interés en Estados Unidos y el nerviosismo que esto provoca aumentan la demanda de dólares por parte de aquéllos que se han mantenido en pesos en diferentes instrumentos financieros.

Entonces, la economía de Estados Unidos no crece igual y demanda menos productos mexicanos, pero al mismo tiempo la Fed mantiene el avispero agitado con la expectativa de subir en breve las tasas de interés; eso mantiene un desequilibrio en el mercado cambiario mexicano, que reduce su oferta de dólares al tiempo que aumenta su demanda.

¿Será pues la antesala de una de las bajadas más escalofriantes de la montaña rusa financiera en la que estamos desde hace un año?