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El mayor daño recibido por México en la campaña presidencial de Estados Unidos puede ser que se revisen las reglas vigentes del libre comercio.

Bernie Sanders, en el campo demócrata, y Donald Trump, en el republicano, han ganado la batalla de atribuir al libre comercio la pérdida de buenos empleos y la persistente mudanza de nuevas inversiones fuera de la Unión Americana.

No hay una visión informada del fenómeno que no atribuya la mayor parte de la pérdida de esos empleos a la innovación y la automatización, aunque el libre comercio tiene su cuota real en el fenómeno.

El hecho político es que, hoy por hoy, en el debate estadunidense un villano favorito es el libre comercio.

La primera víctima de esta victoria conceptual ha sido el propio presidente Obama, cuyo proyecto consentido en la materia es el TPP (Trans Pacific Partners), espejo del celebrado con la Unión Europea, que espera la ratificación en el Congreso y que incluye a países claves del continente americano, empezando con Canadá, Estados Unidos, México, Chile y Perú, y a países fundamentales también de Asia y Oceanía: Japón, Australia, Singapur y eventualmente India.

Hillary Clinton había llamado al TPP la nueva “regla de oro” del comercio mundial, pero la convención que la hizo candidata demócrata aplaudió a rabiar su posición en contra, frente a unas gradas llenas de entusiastas convencionistas con carteles rojos que mostraban tachadas las siglas “TPP”.

El siguiente damnificado del nuevo proteccionismo estadunidense podría ser el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por su sigla en inglés), que Hillary Clinton ya se ha comprometido a renegociar y Trump dice que simplemente lo echará abajo, en defensa de los empleos y la inversión estadunidenses en Estados Unidos: “Americanism not globalism”.

La sola discusión política del libre comercio es un riesgo para México, pone incertidumbre y polémica sobre un tema que simplemente no se discutía antes de Trump (y de Sanders).

Pone también una sombra de duda sobre la única parte de la economía mexicana que funciona bien. Su sola desaceleración, ya no digamos su freno, sería catastrófica para México.

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