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Donald Trump ha roto con todas las convenciones de la política norteamericana. No solo ha pasado por encima de la corrección y la cordura con su discurso racista, misógino y xenófobo; también ha alimentado la desconfianza en las instituciones y ha cuestionado la validez de las elecciones. En el mundo de Trump, la política de su país no se corresponde con una democracia consolidada, sino con un sistema corrupto que se alinea en su contra.

Este discurso hace eco en una opinión pública en la que prevalece el descontento: solo uno de cada tres norteamericanos dice estar satisfecho con el rumbo del país. En consonancia, 40 por ciento de los ciudadanos afirma no tener fe en su democracia y solo 31 por ciento reconoce que definitivamente admitiría la legitimidad de la elección aunque su candidato pierda (The Washington Post, 14/10/2014).

Apenas la semana pasada Trump echó mano del expediente de una conspiración internacional. Este discurso se suma a su advertencia de un fraude electoral en curso para evitar su llegada a la presidencia. Ya en agosto, en Pensilvania, había expresado que la trampa era la única manera en la que podría perder. A partir de entonces ha insistido en que los demócratas se están preparando, con la ayuda de los medios, para robarle la elección.

Estas acusaciones no han sido tomadas a la ligera. Así lo demuestra la solicitud inédita que hizo el Departamento de Estado de Obama a la OEA para el envío de la primera misión de observación electoral a Estados Unidos. Desde 1962, la OEA ha desplegado más de 200 misiones en 27 naciones. Jamás lo había hecho en Estados Unidos donde se asumía que las elecciones no necesitaban de validaciones externas.

Sin embargo, a fin de cuentas la credibilidad en las elecciones y en la democracia depende, sobre todo, de que las instituciones funcionen bien y los contendientes acepten las reglas del juego y sus resultados. Si Trump no reconoce su derrota, Estados Unidos se habrá puesto al nivel de los países latinoamericanos con elecciones cuestionadas y democracias en duda.

Aquí puede escuchar el análisis de Joaquín López-Dóriga a la columna de Leopoldo Gómez.