Minuto a Minuto

Internacional Trump amenaza con imponer un “arancel importante” a la lechuga mexicana
La controversia es por un brote de Cyclospora, parásito causante de una infección intestinal con síntomas como evacuaciones frecuentes
Internacional Del futbol al populismo de ultraderecha: Milei explota la derrota del Mundial para promoverse
"Somos llamativos, no pasamos desapercibidos, nos tienen celos y somos buenos en casi todo”; expresó con soberbia el mandatario
Nacional Alertan por robo de identidad al solicitar préstamos digitales
La Policía Cibernética emite las siguientes recomendaciones para prevenir el robo de identidad y proteger la información personal
Deportes ¿En qué equipo jugará LeBron James? Este sería su destino en la NBA, según ESPN
El alero fue la pieza más cotizada de la agencia libre, tras finalizar este verano su contrato con Los Angeles Lakers
Nacional IEMS acusa desinformación y revictimización tras suicidio de profesor señalado de abuso
El IEMS se pronunció a favor de la presunción de inocencia y el derecho al debido proceso, así como a la privacidad y resguardo de datos personales

La censura paternalista y la estupidez publicitaria son los rasgos que Jesús Silva Herzog-Márquez destaca en su lectura de lo que llama, con precisión sugerente, la “cátedra viciada”: eso que las reglas vigentes de una democracia predican como conducta deseable a sus ciudadanos (“La cátedra viciada”, Reforma, 27/4/15).

La cátedra de nuestra democracia, dice Silva-Herzog Márquez, se especializa en evitar el conflicto connatural a la pluralidad, y en suplantar propuestas y compromisos políticos con un magma de anuncios cuya consistencia es la de la “baba de caracol”.

La censura suprime los filos del debate democrático al prohibir en las campañas todo lo que pueda resultar ofensivo para candidatos o partidos.

En aras de la dignidad de la contienda se vetan las campañas negativas. Con ellas se disuelve también la saludable aspereza de la competencia por la credibilidad de los votantes.

Los políticos dejan de insultarse y denunciarse frente a la ciudadanía, pero también dejan de vigilarse entre sí frente a esa misma ciudadanía, con lo cual se diluye la astucia maquiavélica fundamental del ecosistema democrático: que los malos vigilen a los malos, ya que los buenos se vigilan solos.

Que políticos y partidos se saquen mutuamente los trapitos al sol, es un servicio para la ciudadanía, no un agravio a la moral pública.

Sobre la estupidez cívica y política que mana de los anuncios de campaña, hay poco que agregar a lo dicho por Silva-Herzog Márquez.

No hay una sola cosa predicada en ellos que pueda comprobarse cierta. Venden abstracciones y mentiras. De un anuncio de cerveza pueden quitarse todas las mentiras y los autoelogios, pero queda la cerveza. Si se quitan las mentiras y los autoelogios de los comerciales de los partidos en campaña, no queda nada, a veces ni siquiera la sigla del partido patrocinador.

¿Qué aprendemos de esta cátedra viciada?, pregunta Silva-Herzog Márquez. Responde: “Que somos menores de edad, que la política es una competencia de estulticia. Que los burócratas se creen nuestros tutores y que no hay idea que se cruce en la política”.

Algo hemos hecho muy mal con nuestra democracia en materia de censura discursiva y sobreabundancia publicitaria.

[email protected]