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No hay radical que se respete que no prefiera aventar sapos y culebras en sus discursos. Tenemos nuestras propias versiones tropicales de los que encienden la hoguera de sus seguidores mandando al diablo a las instituciones. Y eso está muy bien cuando todo es parte de un performance político para gozo y disfrute de los que aplauden esa radicalidad, pero para los que gobiernan, la prudencia es mejor consejera.

Y en esas andan los gobernantes griegos, en el desplante del extremismo de Syriza y sus discursos encendidos, que lo mismo incluyen acusar de criminales a los acreedores de su país que advertir medidas extremas de ser necesario.

El primer ministro, Alexis Tsipras, le habla a sus electores más que a sus gobernados. Dice exactamente lo que los más indignados y pauperizados griegos quieren escuchar, pero al mismo tiempo empeora el ambiente.

Lo de menos es que el Fondo Monetario Internacional (FMI) expulse a Grecia de su cartera una vez que incumpla el pago de los más de 1,600 millones de euros que debe cubrir para finales de este mes.

Está claro, por el tono utilizado en contra del FMI, que al gobierno de Atenas no le importa mucho llevar una buena relación con ese organismo internacional.

El problema es que una vez que se cumpla con esa pesadilla del capitalismo del incumplimiento de pagos, de inmediato el Banco Central Europeo podría optar por suspender los flujos de recursos que mantiene funcionando al sistema bancario griego.

Porque cada vez que Tsipras le sube el tono a sus declaraciones, los ahorradores se forman horas en los bancos para retirar millones de euros de sus ahorros.

No habría que esperar hasta el martes 30 de junio para dilucidar si Atenas será capaz de pagar o no al FMI este tramo de deuda, en los próximos días eso debería estar claro. Y entonces si la expectativa es el incumplimiento de pago, es evidente esperar como reacción una corrida bancaria.

En el río revuelto del impago del gobierno, no serían pocos los acreditados de la banca griega que suspenderían pagos también a manera de réplica de su autoridad y las filas de hoy para retirar se triplicarían con sus respectivas escenas de pánico.

Eso anticipa que las autoridades financieras europeas, porque al final de cuentas Grecia forma parte de un todo monetario, tendrían que optar por limitar las operaciones de retiro de recursos. O lo que es lo mismo, implementar un corralito al estilo argentino.

La onda expansiva alcanzaría a no pocas economías; sin duda generaría ruidos innecesarios en países como España, Italia, Francia o Portugal. Y con un segundo impacto en el resto del mundo.

Supongamos que Grecia logra pagar al FMI en tiempo y forma. Lo que sigue es enfrentar vencimientos durante julio por más de 6,000 millones de euros y sin dinero en la caja y sin reformas adicionales que pretenda el gobierno de Atenas, es imposible que el resto de los europeos decidan soltar más recursos del rescate.

Entonces, el discurso estridente y robusto del gobierno de Alexis Tsipras es inversamente proporcional a la debilidad de su economía.

Y la liquidez bancaria es el hilo más delgado de la ecuación. No es difícil prever que por ahí podría iniciar la debacle final de Grecia en la zona euro.