Sus asesores, sabios ellos, la habían convencido de que un trabajador no puede hacer un paro si está —precisamente— de vacaciones
A mí no me cabe la menor duda de que don Mario Delgado, hasta ayer secretario de Educación Pública de México, es el arquetipo perfecto del político nuestro. Eso quiere decir un funcionario público que solamente se mueve al ritmo que le indique su jefe, carente de criterio propio y de pulcritud ética tanto en el que manda como en el que obedece.
Esta subespecie del Pithecanthropus, que identificó su primera erección de cualquier tipo con su pase automático a la categoría distante en el futuro del Zoon politikon, fue gestado y perfeccionado en la versión original de Morena, que se llamó de todo: desde Partido Nacional Revolucionario hasta PRI, desembocando en la caravana de “primero los pobres”.
Delgado casó su futuro político y económico como director administrativo del gobierno de la Ciudad de México que encabezó su querido jefe Marcelo Ebrard Casaubón y en esa función se encargó de dilapidar todo el dinero que pudo y un poco más, en lo que fue el proyecto magno, destinado a ser la plataforma política y económica del “carnal” Marcelo rumbo a la presidencia de la República: la llamada línea dorada del sistema de transporte colectivo Metro de la Ciudad de México, y que tuvo su trágico final en el desplome de esa Línea 12 en el sur de la Ciudad, con sus dos docenas de muertos.
Embarrados los tres en un enigma burdamente encubierto: Morena, ese ente político y tramposo —vaya un pleonasmo—, hasta hoy no ha pedido cuentas de esta tragedia ni a Marcelo ni a la señora Claudia Sheinbaum, sucesivos gobernadores de la ciudad capital por su fraudulenta construcción y nulo mantenimiento; mucho menos al operador de la lana.
Definido el personaje, considero inútil hacer notar que Mario Delgado tiene más méritos de pedagogo que los que yo reúno para ser un astronauta embarcado a la Luna. Pues ese señor hasta ayer sentaba su nalgatorio frente a un escritorio que me dicen es de maderas finas del sureste mexicano, labrado con arte y veneración, y desde donde despacharon Justo Sierra, Agustín Yáñez, Torres Bodet y otros insignes hombres del pensamiento mexicano.
A cambio de esos méritos, Mario Delgado demostró astucia y disciplina política para, por órdenes evidentemente de su jefa, intentar cambiar brutalmente el calendario escolar de los niños y adolescentes mexicanos, recetándoles tres meses de vacaciones este verano. Del 3 de junio al 30 de agosto.
Por órdenes de quien había sido el origen de este zipizape, doña Claudia, el señor Delgado volvió a convocar al llamado Consejo Nacional de la Educación, que está formado por los directores estatales de 31 estados y una ciudad capital para que volvieran a votar sobre el calendario vacacional de los escolapios mexicanos.
El mismo Consejo que el viernes, en idéntica reunión, los delegados de las 32 entidades habían aprobado por unanimidad, votando como les habían ordenado que votaran desde Palacio Nacional a través de Delgado. Con la diferencia de que ahora votaron al revés.
Si el señor Delgado y los 32 directores de la educación nacional tuvieren un gramo de decencia, ayer nos hubiéramos despertado con la noticia de 33 renuncias de las que llaman “de alto nivel”. Conste que usé el adverbio condicional “si”, que precede en la letanía que yo me sé al “según, sobre y tras”.
Nadie entendió la rebambaramba en la que metieron a su jefa los barberos de Palacio Nacional. No quiere ni acordarse de la proclama de la Coordinadora de Trabajadores de la Educación y su explícita amenaza: o los recibía la señora presidente —con A de mujer— y les cumple su pliego petitorio, o la pelotita del Mundial no rueda dentro de menos de cuatro semanas, por un pinchurriento paro de maestros.
Y como a la presidente con A la asustan con cualquier bloqueo de la Carretera Central a la altura de Tepoztlán, ya la presidente recibió a los líderes y algo acordó con ellos. Sus asesores, sabios ellos, la habían convencido de que un trabajador no puede hacer un paro si está —precisamente— de vacaciones.
Vivillos desde chiquillos.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Las mismas voces melifluas cercanas a la oreja dócil de Palacio convencieron a doña Claudia que cinco millones de ricos idiotas de todo el mundo se van a volcar a las tres ciudades más importantes de México a propósito de la Copa del Mundo, para que nos hinchemos los mexicanos de divisas fáciles.
Los tres estadios que son subsedes del evento no tienen, juntos, una capacidad total mayor al medio millón de personas que puedan pagar los precios insultantes de la Copa Infantino.
¿Qué van a hacer los demás?
Ni sumando todas las chinampas de Xochimilco, los museos del país, los bares y cantinas, templos de cualquier denominación, el Zócalo y la Maceoplaza, o burdeles permitidos, hay lugar para la hipotética muchedumbre.
“Un hormiguero no tiene tanto animal”, dice Chava Flores.
