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Nos presentó Pepe Guindi a finales de los 90 en su restorán Il Punto de Polanco.

“Se tienen que conocer”, me había insistido, sabedor de los juicios y prejuicios que guardaba yo sobre su prominente amigo, admirado por muchos, como yo, y detestado por muchos… como yo.

“¿Qué clase de periodista eres?”, me azuzaba. “¿Solo hablas con gente que hace o piensa lo que tú?”, me aguijoneaba.

Tenía razón.

Jacobo Zabludovsky me saludó con una familiaridad que agradecí, y la sorpresiva presencia de Lucho Gatica me hizo ver que Pepe se había asegurado de que aquel nuestro primer encuentro nos fuese lo menos incómodo posible. Y jamás lo fueron siempre que volvimos a comer, solos o acompañados, en aquel y otros lugares (ni se diga su Centro Castellano).

Su cálido trato hacia mí lo superaba siempre su adorable esposa.

Disfruté mucho con él entretenidas y memoriosas conversaciones, con anécdotas de colección y puntadas carcajeantes.

En su muerte, como todas triste, celebro haberlo conocido, seguro tarde mas por fortuna a tiempo.

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