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El diccionario define el adjetivo insólito como algo desacostumbrado que nunca ocurre; sinónimos de insólito son los calificativos raro, extraño, extraordinario, excepcional, inusitado, extravagante, interesante y fascinante, y los epítetos substancial, inconcebible, inaudito, asombroso, sorprendente, maravilloso y, aproximadamente, media docena más. (Nótese cómo el escribano, cronista, redactor, colaborador, periodista, escritor, realizador, creador de esta columna le presume a los lectores y lectoras el diccionario de sinónimos que le fuera obsequiado, regalado, concedido, conferido, proporcionado, donado, ofrendado por un grupo de amigos cuando les confió, confesó, declaró, expresó, explicó, enunció, formuló no tener palabras para describir la paupérrima, precaria, misérrima, frágil y apurada situación de nuestro país, tanto en su imagen externa como en la percepción que tenemos los de adentro, acrecentada, extendida, ampliada, y engrosada a partir de lo sucedido en los últimos 11 meses).

Además de la jactancia, acerca del donativo proporcionado por mis leales compañeros; de manera similar, análoga, semejante, homóloga, equivalente y paralela, aprovecho la ocasión para rendir un homenaje, a mi particular modo, a un escritor magno, excelso, egregio, sublime, ilustre y glorioso de nuestro lenguaje, idioma, retórica, prosa o literatura; el inconmensurable e inmenso Fernando del Paso, creador, entre otras obras de arte, de José Trigo, el diccionario de sinónimos más interesante y divertido del mundo, universo, planeta, orbe o globo terráqueo.

Una vez hecha la introducción, prefacio, introito, exordio (¡Ya! ¡!ya! ¡ya! ¡basta! Pinche columnista de petatiux, deja de atosigar, abrumar, importunar, fatigar, agobiar, con el uso desmesurado de sinónimos, similares, iguales y semejantes, a las pocas lectoras y escasos lectores, que a estas alturas de tu colaboración continúan contigo). Haz a un lado lactancias y mamonerías o esta columna te va a salir como el doctor Miguel Ángel Mancera quiere que estén las mesas de los restaurantes de la capital de la República: sin salero.

Precisamente del doctor Mancera quiero escribir. De él y de su contraparte -en sentido físico-Javier Duarte de Ochoa, su igual en sentido jerárquico-político. Por cierto, si en lugar de dedicarse a la política hubiesen dirigido sus pasos profesionales a la farándula, podrían ser la segunda edición de la inolvidable pareja que formaron Laurel y Hardy, sólo que al revés: Oliver Hardy de Ochoa (el gordo) y Stan Laurel Mancera, el flaco, obvio.

Lo inusitado del caso que trataré de relatar es que en un alarde que sus voceros han anunciado y ponderado como algo nunca antes visto -de ahí el cabezal de mi columna- un gobernador haga a un lado el fuero que lo protege para pedir declarar en calidad de testigo (¿?) de un multihomicidio que ocurrió a casi 400 kilómetros del estado que gobierna y en una fecha en la que el susodicho estaba de vacaciones.

Por medio de una llamada telefónica, el gobernador le comunicó al jefe de Gobierno su disposición para declarar de manera presencial, pues después del homicidio de Alejandra Negrete, Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín, la activista política Nadia Vera y el fotorreportero Rubén Espinosa, efectuado en la colonia Narvarte de la capital de la República, se relacionaron los hechos con agresiones y amenazas recibidas por la activista y el fotógrafo, supuestamente por policías o elementos relacionados con los servicios de (in) seguridad del estado en el que Duarte es la máxima autoridad.

De inmediato, el jefe de Gobierno capitalino envío a Veracruz al subprocurador de Averiguaciones Previas Centrales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, Edmundo Garrido; así como al fiscal de Homicidios, Marco Enrique Reyes; al agente del Ministerio Público, José Francisco Coronilla, y una gran bolsa colmada de bisquets, ochos y astorgas, biscochos que se elaboran en el negocio familiar de Mancera y que, me imagino, deben de gustarle a Don Javier Panza de Ochoa. (“Como no me vas a obsequiar una orden de aprehensión obséquiame una bolsa de pan”-le dijo).

Tras rendir su declaración -misma que los ciudadanos esperamos conocer con exactitud- de la que salió incólume, como era de suponerse (de otra manera le hubiera sacado al bulto), Duarte de Ochoa manifestó que “nunca ha creído en el fuero” -sobre todo cuando el delito por el cual declara en calidad de testigo fue realizado lejos de su jurisdicción. “Así como no creo en el fuero, tampoco creo en los linchamientos públicos -agregó- que lejos de crear valor alejan de la verdad y encubren a los verdaderos culpables”.

De esto último el gobernador más pesado del país tiene razón. Si él se siente públicamente linchado, está en buen momento para, con la misma diligencia y prontitud con la que declaró de lo ocurrido lejos del territorio en el que gobierna y sucedido en el tiempo en el que no se encontraba en el país, haga a un lado el fuero, “en el que nunca ha creído” y se presente en la instancia local correspondiente con la intención de coadyuvar y mostrar buena voluntad para, en la medida de lo posible, informar, pormenorizar, puntualizar y narrar referencias acerca de los 13 periodistas asesinados en su entidad durante su mandato. Eso sí sería un acto de honestidad inusitado, ejemplar y paradigmático.

Duarte de Ochoa está confundido o deliberadamente trata de confundir a la sociedad al proclamarse víctima del linchamiento público, cuando en la entidad por él gobernada hay, innegablemente, un clima de persecución y represión contra cualquier disidencia crítica.