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El discurso de odio y cada vez más violento de algunos demócratas bien representados por Donald Trump ha tomado a los inmigrantes ilegales como su chivo expiatorio.

El problema de las crisis económicas profundas, como la que padeció Estados Unidos, es que no permiten un solo responsable de la catástrofe y por lo tanto habitualmente se elige a quien pueda recibir toda esa carga del mal momento.

La clase política es el habitual responsable, aunque no siempre lo sea. Pero cuando no alcanza la autoridad para enojarse por una crisis del tamaño de la gran recesión que se desató desde finales del 2007, hay que señalar a alguien más. Evidentemente que el mayor efecto de la crisis se dio en el bienestar de las personas: la pérdida del empleo, de la casa, del nivel de vida prometido por el American Way of Life.

Wall Street o cualquier otra empresa se defienden solos, nada que un buen grupo de publicistas no puedan revertir. Pero los inmigrantes y más si son del sur del continente poco pueden hacer, así que ahí encuentran el blanco para el desquite de sus frustraciones.

No se trata de un rechazo a la inmigración, ni siquiera de toda la entrada ilegal de personas. Los asiáticos o europeos no son el centro de los ataques republicanos. Son los latinos y, dentro de ellos, son los mexicanos los que cargan con tanto encono.

De acuerdo con datos del Pew Research Center, la fuerza laboral de los inmigrantes ilegales no pasaría de 5% del total de los trabajadores estadounidenses.

Es obvio que si el análisis se concentra en ciudades como Los Ángeles, Miami, Nueva York o Houston, se alteran estas cifras por la vocación de recepción de extranjeros que han adquirido estas zonas urbanas.

Estados como Mane, Alabama o Kentucky tienen menos de 1% de población de extranjeros ilegales. De hecho, la mayor parte de los estados de la Unión Americana de tendencia claramente republicana tiene bajos niveles de penetración de este tipo de trabajadores.

Los que pueden eventualmente sufrir las consecuencias de la competencia por una plaza laboral son aquellas personas nativas que tengan baja escolaridad y escasas habilidades técnicas. Los migrantes de los que se quejan son personas que no tienen ni siquiera el dominio del idioma oficial.

Es triste la frase pero certera, lo dijo Fox, pero es un hecho que los mexicanos hacen trabajos que ni los afroamericanos quieren hacer.

Las evidencias económicas indican que la inmigración, legal o ilegal, sajona, latina o asiática tiene una aportación positiva para la economía de ese país. Los mexicanos no compiten por las plazas laborales del republicano promedio y por lo tanto son simplemente un desahogo de otras frustraciones.

Pero son, desafortunadamente para todo el mundo, una distracción cargada de odio. En la convención republicana se escuchó en tribuna el testimonio de una madre que lloraba desconsolada porque su hijo había muerto atropellado. Todo el gran futuro que tenía ese hombre se vio frustrado por un ilegal que manejaba borracho.

Ése es el tono, ésa es la lógica de quien está calentando cabezas para obtener votos. Y de ese tamaño serán las consecuencias para aquel país, independientemente de quien gane el poder en noviembre próximo