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¿Alguien en el gobierno de transición se habrá tomado la molestia de ver cómo anda el ambiente en el mundo financiero?

La lista de tensiones es larga y pasa por China, Estados Unidos, Arabia Saudita, el Brexit. Hay un ambiente de cautela que ha implicado un vuelo a la calidad. Incluso, los instrumentos de refugio financiero para los tiempos difíciles, como el oro, muestran presiones en su precio como reflejo de los empujones en la puerta de entrada a esas trincheras.

En fin, no son los mejores momentos para que un mercado emergente quiera jugar con su estabilidad.

Y, sin embargo, México da muestras en este momento de que puede comportarse como el país inestable e impredecible que solía ser hasta finales del siglo pasado.

Hoy inicia una consulta, dirigida y amañada, que puede cambiar el rumbo de los aviones sobre dónde van a aterrizar, pero también de la confianza en la estabilidad económica y financiera con el siguiente gobierno.

En el actual contexto de inestabilidad global, no es sólo decidir si un aeropuerto se construye en Texcoco o en Santa Lucía, es mandar una señal de incertidumbre ante una decisión que fue tomada hace tiempo, que está en fase de ejecución y que ahora se pretende cambiar sin razones verdaderas.

No es tan sencillo como cree el propio presidente electo Andrés Manuel López Obrador, quien asegura que no hay nada que temer, que no puede haber desequilibrios macroeconómicos, problemas en la Bolsa, devaluación o nada de eso si se suspende una obra en proceso como la del Nuevo Aeropuerto Internacional de México.

Hace falta algo más que entenderse con las empresas contratistas.

Es un asunto de costos de indemnización y de falta de seguridad jurídica ante decisiones que claramente rayarían en lo autoritario.

Si en esta discusión de la cancelación del aeropuerto las voces del gobierno saliente y de los partidos políticos opositores al gobierno entrante no se escuchan, es porque están anuladas desde la aplastante victoria del 1 de julio.

Pero los reclamos que sí se escuchan no son parte de ningún complot. Ni los organismos internacionales o las firmas calificadoras tienen intereses oscuros en la construcción de Texcoco. Son advertencias de desequilibrios internos que se pueden combinar con la fragilidad externa y causar consecuencias financieras serias.

Por supuesto que también hay voces interesadas y que tratan de usar el sentido común para hacer entender al gobierno entrante lo absurdo que es cancelar este proyecto.

Que no quede duda de que el regreso a los 20 pesos por dólar de hoy en el mercado de menudeo es una consecuencia directa de la incertidumbre por el aeropuerto.

Y de que las advertencias sobre el futuro manejo de la industria petrolera, de las finanzas públicas y de la relación con los capitales privados son avisos a tiempo de que México puede quedar del lado de las desconfianzas en las calificaciones crediticias internacionales.

No es una cuestión de miedo, es un poco de entendimiento de lo frágiles que son los equilibrios y de lo selectivos que pueden ser los capitales ante cualquier evidencia de insensatez.