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La invocación de la doctrina Estrada para no reconocer el triunfo de Joseph Biden en Estados Unidos ha puesto al gobierno mexicano en una posición absurda y en una indeseable compañía internacional.

Creo que el mítico autor de la improbable doctrina que lleva su nombre estará revolcándose en su tumba al ver que la invocación de su principio de neutralidad a la Poncio Pilatos ha dado a luz el más contrario de los frutos: una toma de partido ante la elección estadunidense, que, al paso de los días, adquiere rasgos de una posición hostil, como si fuera el principio de una prueba de fuerzas entre gobiernos.

La posición mexicana tiene un extraño eco de las negativas de reconocimiento diplomático que en otros tiempos, los 1920s, Estados Unidos imponía a México para forzarlo a cambiar leyes o indemnizar a sus connacionales.

El principio de neutralidad invocado para no reconocer el triunfo del presidente electo de Estados Unidos empieza a convertirse en el mayor escándalo diplomático mexicano del siglo XXI.

Para empezar, la notificación oficial de la posición mexicana se refiere al presidente electo Joseph Biden como prospective president (el presidente que será o el proyectado presidente), fraseo no muy afortunado, pero que en el texto oficial español se torna “presunto presidente”, casi un insulto diplomático.

Segundo, quizá lo más importante: esta conversión de la doctrina Estrada en una posición de parcialidad y aún de hostilidad frente a la elección estadunidense pone a México en la ribera menos neutral y menos deseable de la escena mundial, la ribera donde están hoy, junto con México, la Rusia de Putin, la China de Xi Jinping, la Turquía de Erdogan, la Corea del Norte del inmencionable heredero.

Nuestra invocada neutralidad nos ha puesto en la menos neutral y más indeseable compañía a que pueda aspirar, desde el punto de vista de los principios, un país democrático y, desde el punto de vista de la política real, un vecino de EU.

A menos que el plan sea tener un pleito con el nuevo gobierno estadunidense, lo que México ha hecho es simplemente meterse en un hoyo del que debe salir pronto, hundiendo los costos lo más rápido posible, en vez de seguir cavando.