La historia es así: Hace tres años el gobierno rechazó ofertas públicas para la construcción de Dos Bocas porque le parecieron muy caras.

Se dijo que duplicaban el monto de 8 mil millones de dólares puesto como techo de la inversión y no cumplían con la fecha de entrega: el año 2022.

Aprobaron entonces una adjudicación de seis paquetes, por valor de 8 mil 919 millones de dólares. La coordinación se entregó a la empresa filial de Pemex, PTI Infraestructura de Desarrollo, creada en junio de 2019.

Al empezar 2022, Dos Bocas se había comido ya los 8 mil 919 millones. La Secretaría de Energía pidió una ampliación presupuestal de 500 millones.

Argumentó que la estimación original de costos no había incluido “escalación, ni contingencias, ni administración por el dueño” (sic). Recordó que desde el principio se había dicho que la inversión final podría ser 20% más barata o 35% más cara de lo previsto. Es decir, podría costar 7 mil 134 o 12 mil 60 millones de dólares.

El 13 de abril pasado, la Secretaría de Energía dijo que el costo de Dos Bocas se había elevado a 9 mil 800 millones de dólares.  A la petición de 500 millones más, Hacienda respondió que no podían entregarse si el consejo de administración de Pemex no los aprobaba.

La inauguración de la refinería está prevista para el 2 de julio próximo, pero producirá su primer barril en  diciembre. El proyecto total de Dos Bocas incluye 17 plantas.

Según los expertos, en julio estarán terminadas cuatro.   Para lo que falta de construir, hay contratos comprometidos hasta febrero de 2024.

Elevarán el costo de Dos Bocas a 14 mil millones de dólares, 6 mil más que el techo de 8 mil de arranque. Todo esto puede leerse en el reportaje escrito para Reuters por Ana Isabel Martínez, glosado aquí.

La promesa fue que por 8 mil millones de dólares tendríamos una refinería en 2022.  La realidad es que la refinería costará 14 mil millones y estará terminada en 2024. Con esos márgenes de error, gobernar, en efecto, no tiene mayor ciencia.