Narco: dentro del abismo

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Héctor Aguilar CamínDía con día

Ahí empiezan las masacres rutinarias, los cuerpos decapitados y los descuartizamientos en vida para infundir respeto a los rivales mediante el terror

La historia de las drogas y su persecución en México no ha tenido buenas épocas, su trayecto es un ascenso continuo hacia épocas peores cada vez.

Este es el sentido de la narrativa que Benjamín Smith ha desplegado en su libro The Dope, al que me referí ayer en este espacio.

Nada ha mejorado en esa historia, todo ha ido a peor, bajo una regla aplicable a todas las épocas: entre más persecución, mayor y peor violencia, mayores ganancias ilícitas, más corrupción, mayor tráfico y más muertes.

La espiral de ascenso en el número y la brutalidad de las muertes es un buen indicador del universo criminal en expansión que ha sido la historia del narco en México.

El salto cuántico en brutalidad puede marcarse a principios de este siglo con la aparición de Los Zetas, en su origen un grupo de élite del Ejército que desertó para volverse el brazo armado del Cártel del Golfo.

Ahí empiezan las masacres rutinarias, los cuerpos decapitados y los descuartizamientos en vida para infundir respeto a los rivales mediante el terror.

Ahí empieza, con Los Zetas, la expansión territorial del narco hacia el control de las ciudades que necesitan para garantizar los flujos de droga hacia la frontera y el mercado estadunidense.

Ahí empieza también la pesadilla de las armas largas, de los narcos mejor armados que el Ejército y de las ejecuciones profesionales.

Ahí empieza, finalmente, el giro más temible para la sociedad del crimen organizado, que es la apropiación de territorios para exprimirlos.

La persecución de grandes capos y grandes cárteles, asumida como estrategia de combate a las drogas, termina con muchos capos muertos o presos y cárteles fragmentados por luchas intestinas. La fragmentación de los cárteles da lugar al último gran cambio: de los dos o tres cárteles originales nacen en la última década cerca de 300 bandas con dominio territorial sobre pueblos y ciudades.

El negocio de estas bandas ya no es el tráfico, sino la extorsión, el derecho de piso, la trata de personas.

No por nada Benjamín Smith titula la última parte de su libro, la que va de 1990 a 2020, como “Dentro del abismo”. En él estamos.

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