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Dice Francis Fukuyama que Estados Unidos ha confiado de más en su poder militar para intervenir en el mundo y de menos en lo que Joseph Nye llamó su “poder suave”, el poder de la economía de mercado, el ejemplo democrático y la influencia cultural en sentido amplio: innovación científica y tecnológica, ideas, arte, modas y entretenimiento (ver aquí).

Vietnam no fue ganado por el poder militar de Washington sino, a través del tiempo, por los valores y las estrategias de la economía de mercado y es hoy un aliado de Estados Unidos en el propósito de contener a China.

La misma China, en su exitosa versión de capitalismo de Estado, un capitalismo sin democracia, es una adaptación del autoritarismo milenario a las reglas modernas de productividad, innovación y competencia inherentes al capitalismo. Hace al menos medio siglo que EU influye y moldea más a otros países con el despliegue de su poder suave que con el de su establecimiento geopolítico militar, el cual, por otra parte, está lejos de haberse caído en pedazos luego del fracaso en Afganistán.

Estados Unidos sigue teniendo 200 mil soldados estacionados en más de 150 países. Aunque la derrota en Afganistán tiente a sus adversarios a desafiarla en otros puntos del globo, la posición relativa de Estados Unidos como primera potencia global sigue vigente.

El enemigo a vencer para Washington, piensa Fukuyama, no está fuera, sino dentro del país. Su polarización interna es tan intensa que pone en riesgo la funcionalidad de su democracia, corazón de su poder suave.

La democracia americana ha perdido en los últimos años solvencia para manejar su pluralidad y está en camino de polarizarlo todo, desde la guerra de opiniones sobre si las vacunas son una cura o una opresión, hasta el alegato por el año fundador de la nación: ¿1619, año del primer cargamento de esclavos, primer año de la esclavitud? ¿O 1776, año de la independencia, primer año de la libertad?

La polarización le roba al país la unidad de propósito en su inevitable necesidad de redefinirse como potencia, eso que Biden empieza a dibujar a sus costillas, empezando por tragarse la derrota de Kabul.