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Creo que acierta Leo Zuckermann en reconocer sin regateos el respectivo acierto del canciller Ebrard y del presidente López Obrador por su rápida disposición a asilar a un grupo excepcional de mujeres afganas dedicadas a la robótica, cuya profesión está bajo riesgo de clausura en Afganistán.

No solo eso, que ya es bastante. El gobierno mexicano se abrió también a recibir a periodistas afganos, colaboradores de diarios extranjeros y a sus familias.

México otorgó visas humanitarias a estas mujeres excepcionales, amenazadas por la previsible purga que caerá sobre ellas en cuanto quede instalado el nuevo estado islámico.

Las cinco jóvenes mujeres no iban a poder ejercer su profesión, recién adquirida, porque la ley islámica indica que sus vidas y su tiempo han de ser solo para su familia y sus maridos.

“Aquí, en México”, escribe Zuckermann, “estas cinco profesionales podrán continuar con su legítima aspiración individual gracias a las visas humanitarias que el gobierno mexicano les ha expedido. Nuestro gobierno les ha salvado sus vidas o, para ser más precisos, la manera en que quieren vivir sus vidas” (https://bit.ly/3gBKCrN).

Muy notable fue también la reacción de Ebrard y del presidente López Obrador a la petición de un corresponsal de The New York Times para facilitar la salida de algunos colegas afganos, colaboradores de ese diario y de otros, atrapados en el triunfo talibán con tanto riesgo para sus vidas y las de sus familias como el de un colaborador activo de la ocupación americana.

“Mientras el gobierno de Biden se tardaba eternidades en expedir las visas por un absurdo proceso burocrático”, escribe Zuckermann, “el gobierno mexicano se movilizó y tramitó los documentos para que 24 familias salieran de Kabul y llegaran a territorio nacional”.

Ambos gestos de solidaridad internacional, hacia las mujeres científicas y hacia los periodistas y sus familias, pulsan la tecla de la mejor tradición de asilo de México y de su ojo abierto al mundo. Ojalá este exilio afgano se asiente y florezca aquí, como otros.

Por lo pronto nos recuerda que aquella tradición generosa está viva y que Ebrard y el Presidente se acordaron puntual y oportunamente de acudir a ella.