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Dice Fernando Savater que su hijo le preguntó un día si existían los Santos Reyes y él respondió que había muchas versiones históricas al respecto.  Lo siguiente que supo es que su hijo fue a decir al colegio que su papá era el único papá de la escuela que creía en los Santos Reyes.

Un muy querido amigo, agnóstico y de pocos humores navideños, recibió en estos días, de uno sus pequeños nietos de siete años, la tremenda pregunta brotada en aquel no tan pequeño cerebro de su edad: “¿Abuelo, tú crees en Dios?”. Mi amigo respondió filosófica e históricamente, como Savater, diciendo que había muchas creencias en distintos dioses, que cada quien creía más o menos en la versión del dios que le habían enseñado, que todas las creencias  eran igual de válidas, pero que él no creía en ninguna de ellas y por tanto en ningún Dios.

El nieto volvió al día siguiente con el cerebelo revolucionado y le hizo una segunda pregunta: “¿Abuelo, y crees en Santa Claus?”

El abuelo fue menos filosófico en su respuesta y le dijo al nieto:  “¿Santa Claus? ¿El  viejo gordo que tiene un trineo que vuela jalado por renos y lleva en una noche juguetes a todas las casas del mundo?”. “Ése”, dijo el nieto.

“Claro que no creo“, siguió  el abuelo. “Los renos no vuelan. Santa Claus no existe. Los juguetes los traen los papás.” Los nietos de mi amigo acuden a un colegio Montessori donde no hay posición tomada sobre en qué años los niños deben dejar de creer en Santa.

El nieto de mi amigo entendió que tenía una información valiosa que compartir en clase con sus compañeros y su maestra. “Les tengo una noticia”, dijo.  “¿Cuál?”, preguntaron.  “Santa Claus no existe”, respondió.

“¿Quién dice que no existe”, preguntó la maestra. “Mi abuelo”, dijo el nieto. “Me lo dijo ayer y yo creo que tiene razón. ¿Cuándo han visto unos renos que vuelen jalando un trineo y crucen el mundo en una noche. Santa son los papás”. Hubo un temblor en el piso mental del colegio que aún persiste.