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Hay una diferencia entre no entender lo que hace un presidente y no estar de acuerdo con él.

Creo que muchos mexicanos que no están de acuerdo con López Obrador, llegan en estos días a la conclusión de que tampoco entienden lo que está haciendo.

Algo similar les sucede a sus simpatizantes, que parecen tan perplejos como los otros.

Mi impresión es que simpatizantes y no simpatizantes comparten hoy la sensación de estar frente a un enigma político y psicológico, más que frente a un presidente con un proyecto que gusta a unos y disgusta a otros.

Es posible rechazar o apoyar la conducta política presidencial y su discurso, pero es imposible entenderlos y explicarlos.

Vemos a un político que ha perdido el mando del juego, sacudido por la realidad y que, ante los reveses de la realidad, no sólo parece incapaz de corregir su rumbo, sino que se empeña en repetirlo, hasta la sinrazón y la caricatura.

La realidad ha respondido mal a su proyecto de cambio, y lo ha puesto además frente a una a emergencia global mayúscula, que vuelve su idea original de gobierno irrealizable o irrelevante.

Pero frente a estos cambios mayúsculos no vemos al Presidente reaccionar, asumir el liderato de la nueva situación, sino repetir sus fórmulas, sus mantras, sus rituales, y actuar con un desdén por los hechos que lo hace parecer un provocador o un insensato.

Hablamos, sin embargo, del político profesional más curtido y resistente de la historia reciente de México. No se entiende su conducta, ni que sean invisibles para él sus consecuencias.

En el momento en que su voz es más importante para el país, por la emergencia, deja de tener el efecto y el peso de antes, porque lo que dice y lo que hace no empata con los hechos ni con las emociones de la gente.

Siendo candidato López Obrador le dijo a Jon Lee Anderson en una entrevista: “Yo siempre pienso igual, pero actúo distinto según las circunstancias”.

Ha perdido ese toque: ahora piensa igual y actúa igual, independientemente de las circunstancias.

No entiendo lo que está haciendo ni por qué, y esta no es una crítica, es una confesión de perplejidad.