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Recuerdo que la abuelita del primo de un amigo era encantadora, siempre y cuando no jugáramos con la pelota cerca de sus figuras de Lladró. Ahí sí se transformaba y había que salir corriendo a toda prisa al patio.

Me resultó inevitable recordar el episodio cuando vi la reacción de Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, tras la degradación que la agencia calificadora Fitch hizo de la nota de la deuda de largo plazo de su país.

Realmente la funcionaria se enojó con esta firma a la que ella calificó como defectuosa en su análisis y conclusiones. Para Yellen fue injustificada su determinación, porque ella ve avances importantes en la gobernanza de la economía más grande, dinámica e innovadora del planeta.

Ésta es, de hecho, la segunda degradación del nivel perfecto de la deuda estadounidense. En el 2011 la firma Standard and Poor’s (S&P) tomó una decisión muy parecida, en ese entonces por el manejo financiero tras la crisis subprime.

El gobierno estadounidense, dos años después, emprendió con una investigación en contra de S&P por la manera como había calificado los bonos hipotecarios subprime. ¿Coincidencia?

Hoy solamente Moody’s, entre las tres grandes calificadoras, mantiene la nota perfecta de la deuda estadounidense.

Es paradójico que la moneda del país degradado sea la que obtenga más beneficios en esta turbulencia, en especial frente a las monedas emergentes.

El tan cacareado súper peso mexicano brincó de los 16.85 a los 17.37 en unas cuantas horas. Suerte similar tuvieron el real brasileño, el peso colombiano, junto con otras divisas emergentes.

El punto es que cuando hay episodios de incertidumbre, aunque sean relativamente menores como este, el refugio más seguro es, todavía, el dólar de Estados Unidos, aunque ese mercado sea el epicentro del sismo financiero.

Lo que vemos, y hay que tomar muy en cuenta, es que estas firmas financieras que califican el riesgo no se tocan el corazón para degradar hasta a la economía más grande, dinámica e innovadora del planeta, como dijo Yellen.

Justo en la crisis subprime del 2008 las calificadoras no adelantaron el riesgo y les fue muy mal, porque les pagan para advertir los riesgos de forma temprana.

Así que, si Fitch esta semana y S&P hace 12 años, decidieron de manera sorpresiva degradar la deuda de Estados Unidos, pueden hacer lo mismo con cualquier país en el que noten riesgos serios y ahí sí México se tiene que formar en la fila.

Sólo que acá no estamos en los niveles de la calificación perfecta, en México la nota de la deuda soberana del gobierno está en el escalón más bajo de lo que se considera el grado de inversión, un pasito más para atrás y la deuda cae en el nivel del papel basura.

Y ya vimos como el presidente López Obrador, con menos argumentos que Yellen y más saña, se ha ido con todo para atacar a las firmas calificadoras: leguleyos, marrulleros, interesados y demás.

Por eso, los que en el gobierno federal le entienden al valor de conservar las buenas notas crediticias, deberían trabajar el doble para no causar, no un poco de volatilidad en los mercados, sino una verdadera crisis financiera en México.