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Las elecciones en Estados Unidos evidenciaron la pérdida de influencia y credibilidad de los medios tradicionales de comunicación. También dejaron ver los enormes desafíos que el creciente peso de las redes sociales y la polarización de las sociedades contemporáneas plantean al periodismo profesional.

A decir de Carlos Loret, la victoria de Donald Trump deja la sensación de que los medios emblema del periodismo apostaron en su contra… y perdieron, pues “una enorme, gigantesca parte de la sociedad no les cree” (El Universal, 23/11/2016).

Sin duda, los medios enfrentan una crisis de credibilidad. Las encuestas muestran que solo uno de cada tres norteamericanos confía en ellos; el nivel más bajo desde que esta medición se realiza. La caída se explica, en buena parte, por la proliferación de fuentes de información y la confianza que las personas depositan en aquellas que refuerzan sus puntos de vista. Para muchos, solo es neutral y creíble lo que refleja sus posiciones.

El problema no radica en una supuesta apuesta contra Trump. No advierto ataques gratuitos en medios como The New York Times; por el contrario, considero periodísticamente justificadas sus revelaciones. No estamos ante un abandono de los cánones del periodismo profesional; lo que vemos es un desfase entre esos principios y las expectativas de amplios sectores de la sociedad.

En situaciones de polarización, el centro se desvanece y la neutralidad deja de satisfacer, e incluso enfada, a quienes se han corrido a los extremos. Para ellos, la visión parcial y comprometida que circula en los nuevos medios y en las redes es una alternativa de información más atractiva.

El desafío para los medios tradicionales es enorme. Si bien la neutralidad no les garantiza recuperar credibilidad, comprometerla significaría una sentencia de muerte contra el periodismo objetivo, imparcial y plural, y la prolongación de una espiral de confrontación que amenaza la convivencia política pacífica. La estabilidad democrática depende en buena medida de que eso no suceda.