Falsos redentores


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Carlos MarínEl asalto a la razón

En las unciones de ayer, los principales candidatos reiteraron que combatirán la corrupción.


En las unciones de ayer, los principales candidatos reiteraron que combatirán la corrupción.

Anaya no buscará venganza sino justicia, Meade será implacable y López Obrador la acabará con terquedad, perseverancia y “necedad” (debieron prevenirle que eso es de ignorantes, obtusos y torpes), lo que hará inclusive “rayando en la locura”.

Por antiguo, cultural y tumultuario, el reto no es insuperable pero sí descomunal.

Corrupción e impunidad son el mal endémico nacional que subyace en casi todos los demás problemas de México (incluida la creciente criminalidad), y combatirlo no está en manos de un presidente, sino en el simple respeto a la legalidad.

Más que luchar como Chespirito contra la corrupción, quien gane, simplemente, no debe estorbar en la tarea propia del fiscal y los magistrados cuya designación sigue postergando el Senado.

La deshonestidad está tan arraigada en amplias capas de la sociedad como el fervor guadalupano, el futbol, la herencia de plazas y el agandalle en los saqueos a tiendas y trenes o en la actividad huachicolera y narca de pueblos enteros.

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  1. Ávidos de que se juzgue a Peña

    Durante el sexenio, en todos los casos de gran envergadura se ha hecho recurrente invocar la famosa cadena de mando que los abogados pretenden utilizar para que se responsabilice a Enrique Peña Nieto de violaciones a los derechos humanos, lo mismo por el caso Atenco, siendo gobernador, que como presidente por Ayotzinapa, Tanhuato, Nochixtlán, Apatzingán o Tlatlaya.

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