Falsos redentores


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Carlos MarínEl asalto a la razón

En las unciones de ayer, los principales candidatos reiteraron que combatirán la corrupción.

En las unciones de ayer, los principales candidatos reiteraron que combatirán la corrupción.

Anaya no buscará venganza sino justicia, Meade será implacable y López Obrador la acabará con terquedad, perseverancia y “necedad” (debieron prevenirle que eso es de ignorantes, obtusos y torpes), lo que hará inclusive “rayando en la locura”.

Por antiguo, cultural y tumultuario, el reto no es insuperable pero sí descomunal.

Corrupción e impunidad son el mal endémico nacional que subyace en casi todos los demás problemas de México (incluida la creciente criminalidad), y combatirlo no está en manos de un presidente, sino en el simple respeto a la legalidad.

Más que luchar como Chespirito contra la corrupción, quien gane, simplemente, no debe estorbar en la tarea propia del fiscal y los magistrados cuya designación sigue postergando el Senado.

La deshonestidad está tan arraigada en amplias capas de la sociedad como el fervor guadalupano, el futbol, la herencia de plazas y el agandalle en los saqueos a tiendas y trenes o en la actividad huachicolera y narca de pueblos enteros.

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  1. Coma inducido al NAIM

    Si por los discutibles “pueblos originarios” que se oponen al nuevo aeropuerto en Texcoco hablan agrupaciones y personas de tan descalificada probidad como la regresiva Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación o el obispo de Saltillo, Raúl Vera (negociador-tapadera de pederastia clerical), pareciera que hay un resquicio de esperanza en que Andrés Manuel López Obrador corrija su insensato capricho y ordene la continuación de la obra.

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