La semana pasada, la Fed anunció la conclusión de su programa de estímulos monetarios no tradicionales -conocido como QE por su sigla en inglés- con lo que llegó a su final uno de los experimentos más complejos de política monetaria en la historia económica moderna.

Dicho experimento consistió en la inyección de más de 4 billones de dólares a la economía, destinados a la compra de bonos del tesoro y bonos respaldados por hipotecas. Inicialmente, el objetivo principal de la Fed fue restablecer la confianza y descongelar los mercados financieros a nivel internacional, para evitar un colapso del sistema financiero global como lo conocemos.

Una vez alcanzado este objetivo inicial, la Fed se enfocó en fomentar las condiciones necesarias para que la economía comenzara a recuperarse gradualmente y evitar un espiral deflacionaria y una reedición de la Gran Depresión.

Durante una recesión común y corriente, la política monetaria normalmente busca estimular la economía mediante la expansión del crédito, al bajar las tasas de interés. Sin embargo, la Gran Recesión que comenzó en el 2008-09 fue tan devastadora que los mecanismos tradicionales de transmisión no funcionaron igual.

Por un lado, los bancos estaban en plena reconstrucción después de los excesos de los años anteriores a la crisis y no estaban en posición de otorgar crédito masivamente. Por otro lado, el consumidor americano seguía sumamente endeudado y por más barato y disponible que fuera el crédito, no estaba en condiciones de apalancarse para salir a consumir.

Ante esta situación, la Fed decidió tomar medidas sin precedentes para reactivar la economía, sobre todo porque las herramientas de política fiscal se encontraban limitadas por un creciente déficit fiscal y una crisis política en el Congreso de Estados Unidos. Ante lo cual, la Fed comenzó con el QE y aunque estaba consciente que las inyecciones de liquidez difícilmente tendrían un impacto inmediato en la formación de los precios de los bienes de consumo y los servicios, la Fed sabía que el QE tendría un impacto significativo e inmediato en el precio de los activos financieros.

Esta estrategia logró que los mercados financieros tuvieran una recuperación vertiginosa, contribuyendo a una reparación más rápida del balance patrimonial de los consumidores -no olvidemos que el patrimonio de la mayoría de los americanos está compuesto por su vivienda y su fondo de retiro, donde casi siempre hay un componente importante de acciones y bonos del tesoro.

La estrategia de la Fed contribuyó marcadamente a la recuperación de la confianza de los consumidores hasta que comenzaron a demandar más bienes y servicios, reactivando a su vez la confianza del sector empresarial, que comenzó a producir más y a contratar más gente.

Aunque la recuperación de la economía americana ha sido mucho más lenta e intermitente que en otros episodios posrecesión, los resultados están ahí. La tasa de desempleo ha bajado de un máximo de 9.6 por ciento en agosto del 2010 a 5.9 por ciento actual. La totalidad de los empleos perdidos en la crisis han sido recuperados y la economía está creciendo a su ritmo más saludable en años. La mayoría de los críticos del QE anticipaban que las masivas inyecciones de liquidez provocarían una burbuja inflacionaria, una fuerte debilidad en el dólar y una burbuja especulativa en los mercados financieros. Sin embargo, ninguna de estas amenazas se materializó de manera importante. Esto no quiere decir que el QE no haya provocado distorsiones en los mercados financieros, pero por suerte hasta ahora los efectos secundarios han sido relativamente menores.

Aunque el experimento ha sido poco ortodoxo y riesgoso, sería imposible imaginar qué hubiera ocurrido si la Fed no hubiera sido tan audaz.