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Hasta hoy, el gigante asiático no ha sido sinónimo de la necesaria reciprocidad.

Está claro que Donald Trump no es muy hábil para entender los mensajes políticos, pero alguien de su gobierno podría explicarle que mientras su delegación está en México, renegociando con amenazas el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el presidente de este país está en China.

Y mientras la Presidencia tiene que desmentir que Enrique Peña Nieto habló con Donald Trump, el mandatario mexicano se toma una fotografía con un muy sonriente presidente chino, Xi Jinping.

Así que, mientras el gobierno de Trump mantiene las amenazas de romper con el TLCAN, los presidentes de México y China se encuentran por séptima ocasión.

La respuesta del gobierno mexicano a las advertencias de rompimiento de Washington es que no esperen una súplica mexicana para no ser abandonados. Al contrario, en el momento que la Casa Blanca formalizara la salida estadounidense del acuerdo comercial, México se levanta de la mesa renegociadora de inmediato.

México tiene un plan B y el punto central de la estrategia emergente en caso de ruptura es la garantía inmediata de las inversiones estadounidenses con las modificaciones legales que hagan falta, tramitadas con rapidez en el Congreso.

Esto es, garantizar a los capitales estadounidenses y del resto del mundo que aun sin TLCAN serían tratados de la misma manera, sin distinciones ni barreras como las que pretendería aplicar Trump a los productos y quizá capitales mexicanos.

El plan B incluye hacer entender a los industriales, a los exportadores, a los mercados y a la opinión pública que no todos los productos exportados saldrán afectados y que los aranceles que se pueden aplicar promedian 4%, que es una tasa llevadera.

Esa opción habla, como siempre, de la diversificación de los mercados, de usar los acuerdos ya firmados, de voltear al sur del continente. En fin, el mismo discurso de siempre.

Pero no estoy seguro de que desde la perspectiva de los empresarios mexicanos el plan B deba incluir a los chinos a cualquier costo.

El presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Juan Pablo Castañón, expresó una palabra que los podría hacer receptivos a una apertura con China: reciprocidad.

Los negociadores del TLCAN están aquí en la Ciudad de México mientras el presidente Peña Nieto está en China. Lo que le conviene a la región, a este país, es mantener y acrecentar una buena relación norteamericana.

Pero el mensaje de que nuestro mundo comercial no empieza y termina en Estados Unidos es muy claro.

Si alguien le dice a Trump lo que implicaría que, en la frontera sur, su vecino tendría como importante socio comercial a los chinos, seguro que le bajaría dos rayitas a sus ataques.

El problema es que si el presidente de Estados Unidos no puede entender que si ellos compran más a México de lo que nosotros a Estados Unidos, tiene que ver con el tamaño de las economías y los diferentes poderes de compra, menos va a captar lo que implica tener una sucursal del área industrial de Shanghái en Tijuana.

Sólo que si en el plan B de las autoridades mexicanas están considerando a China, hay que hacerlo con mucho cuidado, porque hasta hoy ese gigante asiático no ha sido sinónimo de esa necesaria reciprocidad.

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