Minuto a Minuto

Nacional IMSS investiga muerte de cinco recién nacidos en Durango
Autoridades de la delegación estatal y del nivel central supervisarán las investigaciones y el desarrollo del caso
Nacional Hombre sufre quemaduras graves tras descarga cerca del Metro Cuauhtémoc
El STC aclaró que que, según el testimonio del afectado, la descarga ocurrió en el exterior de la red de transporte
Nacional ‘El Pachangas’, alumno del Cetis 33 de Azcapotzalco asesinado
El alumno asesinado frente al Cetis 33 de Azcapotzalco fue identificado como 'el Pachangas'. En redes sociales se lucía con un arma de fuego
Internacional Trump encarará a la ONU entre guerra contra Irán y diplomacia
El conflicto, lanzado en enero por Estados Unidos e Israel, está a punto de cumplir siete meses sin haber alcanzado su objetivo
Entretenimiento “Hay Alejandra para mucho tiempo”, afirma ‘la Guzmán’ tras lesión en la cadera
Alejandra Guzmán anunció también la presentación de una demanda contra un médico que la lastimó mientras estaba en el hospital

Vuelvo a un texto publicado en esta columna hace seis años.

Según Edward Gibbon, el periodo de mayor felicidad humana de la historia del mundo fue el que siguió en Roma a la muerte del emperador Domiciano (92 d.C.) y terminó con la llegada al poder de Cómodo (180 d.C.).

Ese lapso incluye los mandatos de Nerva, Trajano, Adriano y los dos Antoninos: Pío y Marco Aurelio.

Gibbon subraya en particular el tiempo de estos dos últimos emperadores, Pío y Marco Aurelio, como “el único periodo de la historia en el cual la felicidad de un gran pueblo fue el único objeto del gobierno”.

Ya que estamos los mexicanos en tiempos de elegir candidatos, quizá algún espejo de gobernantes podemos aprender en las virtudes que Gibbon atribuye a los dos antoninos: Pío y Marco Aurelio.

De Antonino Pío, dice Gibbon:

“La sencillez de su virtud era ajena a la vanidad o la afectación. Gozaba moderadamente de las ventajas de su fortuna y de los placeres inocentes de la vida social. Y la benevolencia de su alma se evidenciaba en la alegre serenidad de su carácter”.

Pío, dice Gibbon, prefirió “el bienestar de Roma al interés de su familia”. Y en lugar de elegir sucesor entre sus hijos, escogió al talentoso Marco Aurelio, y lo hizo partícipe de su gobierno con “ausencia absoluta de celos”.

Marco Aurelio, sigue Gibbon, “era de una naturaleza más severa y laboriosa, el fruto de muchos saberes adquiridos, muchas lecturas pacientes y muchas cavilaciones de medianoche”.

“A los doce años abrazó el rígido sistema de los estoicos que le enseñó a someter su cuerpo a su alma, sus pasiones a la razón, y a considerar la virtud como único bien, el vicio como único mal, e indiferentes todas las cosas exteriores”.

Fue “estricto consigo mismo e indulgente con la imperfección de otros”. Conocía “el placer de convertir en amigo a un enemigo”. “Detestaba la guerra como deshonra y calamidad de la naturaleza humana”, pero en la defensa de su imperio hizo “ocho campañas de invierno en las riberas heladas del Danubio”, que destruyeron su salud y precipitaron su muerte.

No somos romanos de la edad dorada sino mexicanos de nuestra propia edad, y a nuestros propios límites, afanes y candidatos nos debemos.

[email protected]