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El presidente Andrés Manuel López Obrador y sus voceros quisieron usar como ejemplo de la inutilidad de la transparencia y del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai), cómo había solicitudes de información por la compra de papel de baño para su casa en Palacio Nacional que se compra con recursos públicos.

Lo que López Obrador quería ejemplificar era la banalidad de las solicitudes ciudadanas de transparencia por pedir cuentas hasta del papel higiénico que usan en los baños de su residencia.

Lo que confiesa el inquilino de Palacio, para quienes lo quieran ver, es que con recursos públicos a López Obrador le pagan hasta el papel de baño. Lo cual es trascendente cuando repite su argumento de que nadie puede ganar más que el Presidente.

Sí, solo que a esa mayoría de funcionarios públicos que tienen que ganar menos que él, no les pagan la renta, la luz, el agua, los coches, los choferes, los viajes, los guardias, la comida, los cocineros, el servicio doméstico, seguro que la ropa y el calzado, y muchas cosas más, bueno… hasta el papel de baño.

La transparencia estorba cuando desnuda la falsedad del discurso público de la honestidad, la austeridad y toda esa rectitud que se presume como bandera política. Y llega el momento en que no es tan fácil traspasar a los opositores las faltas propias del régimen, tal como lo indican los principios de la propaganda.

El Inai ha sido garantía de una transparencia que es evidentemente molesta al poder, pero aun con ello deben ser los gobernantes los primeros en defender la prevalencia de instituciones como esa.

Ese instituto fue creado por Vicente Fox en el 2002 para garantizar el acceso ciudadano a la información pública. Fue Enrique Peña Nieto quien dotó de autonomía a este instituto y fue, precisamente, el régimen de Peña Nieto uno de los principales expuestos por la transparencia del Inai.

Gracias a este instituto, la opinión pública tuvo detalles de los casos más escandalosos del sexenio pasado: la llamada Estafa Maestra, Odebrecht, La Casa Blanca, las corruptelas del paso exprés de Cuernavaca y no pocos detalles de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Esos casos no solo aniquilaron cualquier popularidad del expresidente, sino que sirvieron de bandera para acabar con cualquier posibilidad electoral del PRI y encumbrar a los que hoy ocupan el poder.

Hoy hemos escuchado de voz del secretario de Gobernación, Adán Augusto López, que el mundo ideal para López Obrador es mantener inoperante al Inai. Pero más allá de la línea tirada por el titular de Segob, el Presidente ha despreciado públicamente al instituto de transparencia.

Y es que también el Inai ya ha puesto al descubierto actos de presunta corrupción de este régimen: Segalmex, la Casa Gris y la relación de José Ramón López Beltrán con Baker Huges y Pemex, los contratos con Pemex de la prima Felipa López Obrador, los contratos de asignación directa del Instituto Nacional de Migración y muchos más.

El Inai debería tener el peso para los mexicanos que tiene el Instituto Nacional Electoral, sólo que su valor queda diluido en la intermediación de los medios de comunicación que hacen las denuncias de corrupción.