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En noviembre próximo el presidente Andrés Manuel López Obrador volverá a ver la cara del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y también se reencontrará con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau. Se reunirán en México para evaluar el libre comercio entre los tres.

La relación comercial entre las tres naciones de Norteamérica ya estaba ahí antes de que cualquiera de los tres jefes de Estado se encumbrase. Primero en la figura del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y después como un nuevo acuerdo comercial al que aquí llamamos T-MEC.

Pactos que no pueden olvidar que ahí estaban cuando llegaron, que tienen reglas claras de operación y que deben seguir funcionando después de que López Obrador, Biden y Trudeau dejen el poder.

Los tres países han desarrollado una relación de dependencia comercial entre ellos. Los tres mandatarios tienen la obligación de facilitar, no de entorpecer, ese encuentro comercial trilateral regulado desde hace 28 años en el marco del libre comercio.

Cuando llegue esa fecha de noviembre, si se confirma realmente el encuentro que por ahora sólo ha anunciado López Obrador, veremos fotografías con tres mandatarios afables que seguro van a proyectar por lo menos el deseo de una cumbre cordial.

Lo que ocurra con los equipos de trabajo de los tres países tras los telones de las imágenes de cordialidad estará por verse en estos cuatro meses que faltan para tal encuentro.

Más allá de las diferencias habituales que puede traer un volumen de comercio como el de Norteamérica, la realidad es que los dos socios de México están a disgusto con el incumplimiento de las reglas de paridad del T-MEC por parte del gobierno de López Obrador, en especial en materia energética.

De entrada, López Obrador recibe a sus homólogos de Estados Unidos y Canadá con la noticia que México se desvincula del horario de verano, que usan estos dos países del norte, por un evidente capricho personal. Esto daña las relaciones comerciales, daña las cadenas de suministro, daña las relaciones financieras, el turismo, todo.

Hoy, México, Estados Unidos y Canadá deberían estar planificando dos grandes cambios que se imponen por cuestiones geopolíticas.

De un lado, la cada vez más difícil relación con China da la oportunidad de México de convertirse en un centro manufacturero más cercano a los puntos de consumo y con ello arrebatar grandes negocios al oriente.

Del otro lado, deberían los tres estar pensando en la manera de coordinar el aprovechamiento de las energías limpias que combatan el cambio climático y de paso liberen recursos energéticos que sean exportables a Europa, que enfrenta un serio problema con Rusia.

Pero no, las políticas dogmáticas de López Obrador en materia energética cierran la puerta a las dos oportunidades y, por el contrario, abre un frente de batalla por el respeto a los derechos de las empresas energéticas estadounidenses y canadienses.

Al final, tanto López Obrador como Justin Trudeau y Joe Biden son administradores de las instituciones de sus países y, de paso, de esa institución trilateral que es el acuerdo comercial trilateral.

Ninguno de los tres tiene el derecho de asumirse como el inventor del agua tibia, por más transformaciones que imagine.