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Dice la historia que Alfred Nobel habría tenido algún remordimiento por haber inventado la dinamita. Hizo una empresa muy lucrativa con los explosivos, pero también donó una parte de su fortuna para crear una fundación que reconociera a las personas que contribuyeran a la humanidad.

La dinamita y otros explosivos no son inventos malignos por sí mismos, porque han tenido aplicaciones benéficas, para la minería y la construcción, por ejemplo, es el mal uso humano lo que hizo de estos explosivos un factor que cambió la historia de las guerras y de la humanidad.

Es un relato que se puede repetir muchas veces en la vida del hombre, en diferentes momentos de la historia y ante diferentes avances científicos.

Hoy estamos en uno de esos momentos de reflexión respecto a uno de los adelantos tecnológicos más impresionantes y revolucionarios hoy disponible, que es la Inteligencia Artificial (IA).

Los primeros avances de esto que hoy nos maravilla tienen sus orígenes en la primera mitad del siglo pasado con el matemático británico Alan Turing con sus modelos teóricos. Ya a finales del siglo pasado veíamos a supercomputadoras ganar partidas de ajedrez a seres humanos.

Pero lo que hoy preocupa es la masificación de los avances de la IA. Y no son los miedos de que mañana un Terminator tome el control del mundo y nos convierta en baterías desechables como en The Matrix.

Lo que hoy lleva a encender las alertas de muchos es el uso ético de la IA, tal como en su momento lo pudo haber pensado Nobel con el uso de la dinamita.

Cada vez son más las personas que han incorporado a su conversación los alcances de tecnologías como el Chat GPT 4, que es capaz de desarrollar tareas inteligentes con una buena conducción del usuario.

Ese desarrollo tecnológico de la empresa Open AI tiene controles de uso que impiden, por ejemplo, pedir a un usuario el desarrollo de una estrategia infalible para cometer un atentado o elaborar una bomba radiactiva.

Pero si se tiene acceso al código y se quitan las restricciones éticas, la IA puede usarse para lo que sea, legal, ilegal, ético o dañino.

Estamos en medio de un debate global sobre la conveniencia o no de pausar este desarrollo tecnológico que, por otra parte, podría resolver muchos problemas de la humanidad.

Una organización llamada Future of Life Institute publicó una carta firmada por más de 1,000 personas, entre ellos empresarios de la fama de Elon Musk, pidiendo detener el desarrollo de la IA hasta que se establezcan protocolos para la seguridad de esas herramientas.

Más de uno se pregunta si esos empresarios abajo firmantes fueran los dueños de la tecnología y sus derechos si estarían de acuerdo en pedir semejante tregua.

Lo que es cierto, y es un estudio serio de Goldman Sachs, es que hoy, en sus primeras fases de aplicación de la IA, existen al menos 300 millones de empleos en el mundo que están en peligro de desaparecer por la implementación de procesos automatizados controlados por la Inteligencia Artificial. Pero eso es ya un hecho que no va a cambiar.